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miércoles, 31 de diciembre de 2025

Violent Night / Noche sin paz (2022)

 Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆☆ ----- Excelente -----10/10) ------ No te la pierdas.


Me encantó, excelente filme y excelente Santa. Este Santa es más interesante y sorprendente que el de Red One y, sin perder su robustez, hasta resulta sexy de forma brutal. Violent Night es un filme sorprendentemente navideño, brutal y violento, con humor negro y acción, que aun así mantiene el espíritu navideño. Y ese espíritu, en pleno 31 de diciembre de este año 2025, yo mismo aún no lo pierdo. Wow. Es Santa Claus con puños, sangre y espíritu navideño intacto.


La película fue dirigida por Tommy Wirkola, cineasta noruego conocido por Dead Snow y Hansel & Gretel: Witch Hunters, y producida por 87North Productions, la misma compañía detrás de Nobody y John Wick. Se estrenó en diciembre de 2022 bajo Universal Pictures, con un presupuesto cercano a los 20 millones de dólares y una recaudación mundial de más de 76 millones, lo que la convirtió en un éxito inesperado para un híbrido de acción y Navidad.


El protagonista es David Harbour, quien interpreta a un Santa Claus cansado, hastiado de la modernidad y de los niños malcriados, pero que aún conserva un núcleo de bondad. Harbour, conocido por Stranger Things y Hellboy, aporta una mezcla de ternura y brutalidad: un Santa que bebe, pelea y sangra, pero que también protege a los inocentes. Su físico imponente y su carisma bonachón aunque rudo convertido en guerrero letal lo hacen irresistible. Es un Santa que no intimida a los bien portados, y atrae con confianza de buena gente… hasta que desata su furia contra los villanos, los mal portados.


El elenco incluye a John Leguizamo como el líder criminal “Scrooge”, un antagonista que mezcla sarcasmo y violencia con un aire de villano clásico; Alexis Louder y Cam Gigandet aportan tensión en roles secundarios, mientras que la pequeña Leah Brady como Trudy Lightstone es el corazón emocional de la historia, recordándole a Santa que aún hay bondad en el mundo. La química entre Harbour y Brady es clave: la inocencia infantil contrasta con la brutalidad de la acción, reforzando el mensaje navideño.


Técnicamente, la película brilla en su mezcla de géneros. La fotografía de Matthew Weston juega con luces cálidas navideñas y sombras sangrientas, mientras que la música de Dominic Lewis combina villancicos con riffs de acción. El guion de Pat Casey y Josh Miller (los mismos detrás de Sonic the Hedgehog) equilibra humor negro, violencia estilizada y un relato que, en el fondo, es un cuento navideño muy peculiar e hiperviolento sobre redención y esperanza.


Violent Night es un festín navideño de acción y humor negro. Es brutal, sangrienta y sarcástica, pero nunca pierde el espíritu de la Navidad. Es la prueba de que incluso en medio de explosiones y peleas con martillos, la esencia navideña puede sobrevivir. Y sí, este Santa Claus de David Harbour es más interesante, sorprendente y atractivo que cualquier otro: un héroe improbable que nos recuerda que la Navidad también puede ser violenta… pero esperanzadora.



jueves, 25 de diciembre de 2025

It's a Wonderful Life / ¡Qué bello es vivir! (1946).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 
☆☆☆☆ ----- Perfecta -----10/10 ------ No te la pierdas.


Siempre he tenido una relación de admiración–amor–desconfianza con Estados Unidos. Soy consciente de su lado bueno y malo como “Imperio” global, pero definitivamente de lo bueno es mucho de lo artístico, como este filme antiguo de Hollywood. It’s a Wonderful Life / ¡Qué bello es vivir!, dirigido por Frank Capra, es una obra de arte que, con obvia influencia de A Christmas Carol / Un cuento de Navidad de Charles Dickens, transita de un drama psicológico oscuro y triste con trasfondo navideño a una historia de optimismo y amor propio, inmersa en la Navidad y hasta con un ángel directo del cielo incluido.


La sinopsis es sencilla pero poderosa: George Bailey (James Stewart), un hombre que ha sacrificado sus sueños personales por el bienestar de su comunidad en Bedford Falls, se encuentra al borde del suicidio en la víspera de Navidad tras una crisis financiera. Es entonces cuando aparece Clarence Odbody (Henry Travers), un ángel de segunda clase que busca ganarse sus alas, y le muestra cómo habría sido la vida de los demás si él nunca hubiera existido. George descubre que su existencia ha marcado profundamente a su familia, amigos y vecinos, y que su vida, aunque llena de sacrificios, ha sido valiosa. El final, con la comunidad reuniéndose para salvarlo y la famosa frase de su hija Zuzu —“Every time a bell rings, an angel gets his wings”— es uno de los momentos más icónicos del cine navideño.


La producción, realizada por Liberty Films, tuvo un presupuesto de alrededor de 3.18 millones de dólares. En su estreno, la película no fue un éxito de taquilla: recaudó apenas unos 3.3 millones, lo que se consideró decepcionante en su momento. Sin embargo, con el paso de las décadas y gracias a su retransmisión constante en televisión desde los años 1970, se convirtió en un filme de culto navideño, símbolo de esperanza y resiliencia. Hoy es considerado uno de los mejores filmes estadounidenses de todos los tiempos, incluido en el registro del National Film Registry de la Biblioteca del Congreso Estadounidense.


El reparto es fundamental para su impacto: James Stewart aporta humanidad y vulnerabilidad a George Bailey, convirtiéndolo en un héroe cotidiano. Donna Reed, como Mary Hatch, es el corazón emocional de la historia, mostrando fuerza y ternura. Lionel Barrymore, en el papel del despiadado Mr. Potter, encarna el capitalismo salvaje y la corrupción moral, mientras que Henry Travers como Clarence aporta la inocencia y la esperanza celestial. La dirección de Capra, con fotografía de Joseph Walker, logra un equilibrio entre el realismo sombrío y la fantasía luminosa.


Fue uno de los primeros filmes navideños que vi en mi infancia en la televisión, junto con White Christmas y Miracle on 34th Street. Con los años lo volví a ver varias veces, y siempre es una experiencia conmovedora, esperanzadora y optimista. Qué bello este pedacito de Estados Unidos que muestra este filme: un país capaz de producir un relato que, más allá de su propaganda o su moral, nos recuerda que la vida de cada persona tiene un valor incalculable.


It’s a Wonderful Life / ¡Qué bello es vivir! es más que un clásico navideño: es una parábola sobre el sentido de la vida, el sacrificio y la solidaridad. Una obra maestra que transforma la tristeza en optimismo eterno. Su mezcla de drama psicológico y fantasía navideña lo convierte en un espejo de nuestras dudas más oscuras y, al mismo tiempo, en una fuente de esperanza luminosa.




miércoles, 24 de diciembre de 2025

Christmas Wreaths & Ribbons / Wreathmaker Christmas / Coronas y Listones para Navidad (2024).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆☆ ----- Excelente -----10/10) ------ No te la pierdas.


Christmas Wreaths & Ribbons es otro excelente y acogedor filme con el actor y cantante de nicho Casey Elliott, muy encantador por cierto en cómo trabaja y cómo tiene presencia. Aquí me fascinó verlo en un romance con trasfondo navideño, directamente ligado a la Navidad y a la vida cotidiana de dos emprendedores autónomos: él, co-dueño de una panadería familiar; ella, creadora de coronas y listones artesanales. La trama los une en un cruce de ayuda mutua, colaboración y complicidad, y lo que empieza como un gesto comunitario entre vecinos se convierte en un romance que nace, se desarrolla y florece a fuego medio, con humor blanco y ternura. Tan lejos del cinismo y el sarcasmo al que uno está habituado, que resulta absolutamente refrescante y una delicia muy acorde a esta época navideña.


La película, producida por Candlelight Media Group y  distribuida en plataformas de streaming, se inscribe en la tradición de los romances televisivos navideños, pero con un cuidado técnico que le da un aire más cálido de lo ya trillado. La dirección de Brittany Wiscombe  mantiene un ritmo constante, sin excesos, con una fotografía luminosa que aprovecha los colores rojos, verdes y dorados de la temporada. La música, compuesta por Christopher  Doucet, acompaña con suavidad, reforzando la atmósfera hogareña y festiva.


En cuanto al elenco, Casey Elliott se roba la pantalla. Su atractivo físico es del tipo galán “next door”: estadounidense blanco, con rasgos amables y una presencia que no intimida por exceso de belleza, sino que atrae con confianza de buena gente. Es ese vecino que te ayuda a cargar las bolsas, que sonríe sin arrogancia, y que transmite seguridad. Elliott, además de actor, es cantante de profesión, y esa sensibilidad artística se nota en su interpretación: no fuerza las emociones, las deja fluir con naturalidad. Su química con la coprotagonista —interpretada por Kristin Wollett, quien aporta frescura y energía como la emprendedora creativa— es genuina, sin artificios.


El reparto secundario, con personajes que representan la familia, amigos y la comunidad local, añade textura y calidez. Cada diálogo está pensado para reforzar la idea de que la Navidad no es solo luces y regalos, sino también colaboración, empatía y segundas oportunidades. Técnicamente, el filme se sostiene en una edición ágil y una puesta en escena que mezcla interiores hogareños con exteriores nevados, logrando ese contraste entre lo íntimo y lo festivo.


Christmas Wreaths and Ribbons es un romance artesanal, cálido y refrescante, un romance navideño que cumple con todos los códigos del género, pero que se eleva gracias a la presencia de Casey Elliott y la excelente labor de la escritora, directora y co-productora del filme. El carisma “next door” de Casey y su talento actoral convierten en buena parte una historia sencilla en una experiencia entrañable. Es un filme que no busca innovar, pero sí emocionar, y lo logra con honestidad y encanto... Justo como el tipo de gente que hace que la humanidad valga la pena.

 





lunes, 15 de diciembre de 2025

Un dulce amor para Navidad (2025).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


Un dulce amor para Navidad es croissants, azúcar, romance y espíritu navideño sin culpa porque tengo que confesarlo sin vergüenza alguna: desde el título Un dulce amor para Navidad yo ya estaba dentro. Así, sin más. Porque cuando una película navideña se anuncia tan descaradamente dulce y cursi, una de dos: o es un desastre empalagoso… o es exactamente lo que necesitabas sin saberlo. Y en este caso, por dicha, fue lo segundo.


Este mediometraje producido por Lifetime para su colección navideña anual, estrenado hace muy poco, es una comedia romántica 100% navideña, de esas que no se esconden, no se disculpan y no pretenden ser otra cosa. Y eso juega totalmente a su favor. Aquí hay luces, hay adornos navideños en primer plano, hay miradas cómplices, malentendidos románticos, reencuentros, recetas dulces y saladas (literales y emocionales) y ese ambiente de postal que Lifetime lleva décadas perfeccionando como si fuera una ciencia exacta.


La historia es sencilla, casi de manual, pero está tan bien ejecutada que uno se deja llevar con gusto. Personajes agradables, conflictos pequeñitos pero reconocibles, y una química romántica que funciona sin necesidad de dramatismos exagerados. No estamos ante una gran historia de amor ni ante una revolución del género, pero sí frente a un relato acogedor, de esos que se sienten como una tarde de diciembre con café caliente y villancicos de fondo.


Lo que más me gustó es que, aun siendo dulce y algo cursi —porque lo es—, no cruza esa línea donde todo se vuelve insoportablemente superficial. Hay humor ligero, hay momentos sinceros, y sobre todo hay una sensación constante de bienestar. Es cine navideño funcional, bien hecho, que entiende a su público y lo respeta.


Lifetime, con este tipo de producciones, ya juega en su propia cancha. Sabe cómo manejar tiempos, emociones y estética: colores cálidos, música suave, decorados que parecen abrazarte y un ritmo que no apura, pero tampoco aburre. Todo está pensado para que te desconectes del mundo real durante poco menos de una hora… y funcione.


En lo técnico y de producción, Un dulce amor para Navidad responde perfectamente al estándar Lifetime, que ya es casi un subgénero en sí mismo. La dirección es sobria y funcional, sin alardes visuales, pero con un ritmo muy bien medido para un mediometraje: no se siente apurada ni estirada artificialmente. La cámara se mueve con suavidad, privilegiando primeros planos y encuadres cálidos que refuerzan la intimidad romántica, mientras la iluminación —suave, envolvente, muy “de catálogo navideño”— cumple su misión principal: hacer que todo se vea acogedor, seguro y emocionalmente accesible. No hay grandes riesgos formales, pero tampoco errores evidentes; es un trabajo consciente de sus límites y de su objetivo.


En el apartado actoral, el elenco funciona con una naturalidad que se agradece mucho en este tipo de producciones. Los protagonistas sostienen la historia gracias a una química creíble, sin caer en actuaciones sobreactuadas, ni caricaturescas, algo que suele ser el talón de Aquiles del romance televisivo. Aquí las emociones se sienten sinceras, incluso cuando los diálogos rozan lo cursi o se zambullen en ello un poco —porque sí, lo hacen—, pero siempre desde un lugar honesto. Se nota una dirección de actores que apuesta más por la empatía emocional que por el lucimiento individual lo cual encaja perfecto con el tono general del filme.


Como producto televisivo pensado tanto para emisión por TV como para streaming, la película también demuestra cómo Lifetime ha sabido adaptarse a los nuevos hábitos deconsumo: historias más compactas, narrativas directas y una duración ideal para ver de una sola sentada, sin compromisos. No busca premios ni prestigio crítico, pero sí algo mucho más valioso para su público objetivo: conectar emocionalmente y dejar una sensación de calidez. Y en eso, Un dulce amor para Navidad cumple con creces.


Es predecible. Es azucarada. ¿Pero me importó? Para nada. De hecho, me gustó mucho. No diré que me encantó, pero se quedó deliciosamente cerca. Es de esas películas que uno termina con una sonrisa tranquila, sin cinismo, sin ironía defensiva… solo con la sensación de haber pasado un buen rato. Y aparte tiene ese tono mexicano de español neutro y hecho en México con actores y actrices mexicanos que los que crecimos viendo teleseries mexicanas apreciamos mucho.


Un dulce amor para Navidad es exactamente lo que promete su título. Y a veces, especialmente en estas fechas, eso es suficiente. Es ideal para verla sin prejuicios, con espíritu navideño activado y el corazón abierto. 🎄☕❤️




viernes, 12 de diciembre de 2025

White Christmas / Blanca Navidad (1954).

Mi puntuación como fan del cine, no experto crítico:

 ☆☆☆☆ ----- Excelente -----10/10) ------ No te la pierdas.


White Christmas de 1954, es de esos filmes navideños antiguos que uno vio, en los 80s, en la niñez casi por accidente —en la tele, doblado al español y con la magia intacta— y es uno de los que desde entonces se me quedó grabado en la memoria emocional. Lo volví a ver ya de adulto, y confirmé lo que mi versión infantil ya sospechaba: es un filme excelente, una comedia romántica navideña musical que envuelve, reconforta y te deja sintiendo ese calorcito tipo chocolate caliente aunque afuera esté nevando… o aunque vivas en San Salvador, donde nunca cae ni un copo.


Estrenada en 1954, dirigida por el confiable y elegante Michael Curtiz (sí, el mismo de Casablanca, para que midas el calibre), esta película fue la primera producción filmada en VistaVision, un formato panorámico que en su época era la crema y nata del tecnicolor y más para lo navideño. Y vaya que lo aprovecha: luces brillantes, escenografías teatrales y ese glamour americano de los años 50 que hoy se siente casi de otra dimensión… pero de una deliciosa dimensión.


El dúo protagonista es sencillamente perfecto: Bing Crosby, con su voz aterciopelada que parece un abrazo musical del cielo. Danny Kaye, actor y bailarín con una vis cómica encantadora que eleva cada escena.


A ellos se suman las icónicas Rosemary Clooney (sí, tía del guapisimo y talentoso George Clooney) y la elegantísima Vera-Ellen, cuyo talento para el baile convierte al filme en una coreografía continua. La química entre los cuatro es como una taza de ponche navideño: dulce, cálida y peligrosamente adictiva.


La historia, aunque sencilla como las mejores tradiciones decembrinas, funciona con una fluidez encantadora: dos artistas de vodevil se unen a un par de hermanas igualmente talentosas para salvar la posada en quiebra de un general retirado. El resultado es una mezcla de romance, humor suave, números musicales brillantes y ese espíritu de camaradería que Hollywood de los 50 sabía fabricar como si fuera pan dulce recién horneado.


Por supuesto, no se puede hablar de White Christmas sin mencionar lo obvio: la canción. Escrita por Irving Berlin y convertida en uno de los temas más vendidos de la historia, ya era un fenómeno desde Holiday Inn (1942), pero este filme la inmortalizó aún más. Cada vez que suena, algo se te quiebra por dentro… en el buen sentido. Es nostalgia pura, pero de la que abraza, no de la que duele.


A nivel de taquilla, el filme fue todo un éxito para la época: uno de los mayores hits de 1954, recaudando al final de su recorrido por las salas 30 millones de dolares con un presupuesto de solo 2 millones de dolares, todo un blockbuster navideño para la época de los 1950s demostrando que no hace falta pirotecnia para conquistar corazones, solo buen cine, buenas voces, y ese encanto navideño que Hollywood de antaño dominaba como un arte sagrado.


Lo mejor de White Christmas es que, a pesar de ser una comedia romántica musical que roza lo cursi, nunca es empalagoso. Tiene humor ligero, romance chispeante e inteligente, y un final que —aunque lo veas venir desde el primer acto— siempre funciona. Es como ese regalo que ya sabes qué es, pero aún así te emociona abrirlo cada año.


En lo personal, cada revisión me deja la misma sensación: la de un abrazo cálido que me hace esbozar una sonrisa boba y la certeza de que ciertas películas existen para recordarnos que la belleza, aunque simple, puede ser profundamente poderosa.


Es un peliculón, un clásico que no envejece, un musical que es absolutamente encantador, y un pedazo de magia navideña que sigue brillando —como nieve a contraluz— más de setenta años después.




miércoles, 10 de diciembre de 2025

Miracle On 34th Street / Milagro en la Calle 34 (1994)

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


No sé cuántos crecimos igual, pero yo aún recuerdo —muy borroso pero muy presente— ver de niño en los 80s la versión clásica de Miracle on 34th Street, específicamente la escena del juicio; esa parte se me quedó tatuada en la memoria infantil como una mezcla de solemnidad y magia navideña judicializada. Luego, en los 90s, llegó esta versión de 1994 y, claro, ahí sí pude verla completa, varias veces, y después ya de adulto, otras tantas durante diciembre en la TV. La original no la he vuelto a ver (y no quiero criticarla hasta revisitarla), pero esta versión noventera merece su comentario porque, sorpresa: sigue funcionando, y funciona muy bien.


A primera vista parece un filme algo infantil, de esos que te esperás que sean pura azúcar navideña. Pero no: también es una película para adultos… para esos adultos que todavía conservan un pequeño foco de ilusión encendido, no para creer literalmente en Santa Claus, sino para creer que la vida —a ratos— puede ser buena, cálida y misteriosa. Y claro, Santa es un símbolo pop, un añadido moderno a una tradición cristiana que viene mezclando siglos de historia, paganismo y folklore. La Navidad es un collage hermoso y caótico, y este filme captura ese espíritu sin volverse sermón ni fábula empalagosa… bueno, solo un poquito empalagosa, pero de la manera rica.


La película, dirigida por Les Mayfield, es un remake cuidadoso del clásico de 1947 —sí, del 47, no de los 60 como solemos recordar vagamente— producido por John Hughes, gran responsable del cine familiar más emblemático de finales de los 80 e inicios de los 90 (Home Alone, Uncle Buck, Curly Sue). Y se nota su toque: esa mezcla de ternura, comedia ligera y un punto de ironía amable que evita que la película se derrita en azúcar.


El elenco, además, está perfecto en ese tono. Richard Attenborough (Sir Richard Attenborough, dicho con respeto navideño) interpreta a Kris Kringle con tal dulzura y autoridad que uno entiende por qué medio Nueva York está dispuesto a creerle. Mara Wilson, en plena época dorada post-Mrs. Doubtfire, es la niña escéptica que no quiere dejarse engañar por cuentos de hadas… hasta que la vida la sorprende. Y Elizabeth Perkins y Dylan McDermott aportan ese romanticismo noventero corporativo que tan bien encaja con el estilo Hughesiano.


Lo que más me gusta —y aquí coincido conmigo mismo, versión niño y versión adulto— es ese juego narrativo: ¿y si realmente es Santa? La película jamás te lo confirma de manera explícita. No hay magia en pantalla, no hay efectos, no hay renos voladores… pero sí hay indicios y misterios, lo que la hace más realista de lo que uno esperaría. Funciona como un thriller suave de fe y duda. ¿Es un hombre con delirios? ¿O es el verdadero Santa? El filme deja abierta esa puerta, y esa ambigüedad es lo que lo convierte en un clásico moderno.


En cuanto a la recepción, la película tuvo una modesta taquilla, recuperando apenas su presupuesto de 17 millones de dolares aprocimados, con unos 46 millones de dólares aproximadamente, lo cual en los 90 no la convirtió en el gran éxito navideño que Hughes esperaba. Pero con los años, en VHS, cable y ahora streaming, se consolidó como una favorita familiar. Hoy es más querida de lo que fue en su estreno, y esa es la magia del cine navideño: a veces no pega en la sala, pero sí en el sillón de la sala de tu casa.


La producción incluso reconstruyó parte del desfile de Macy’s porque la famosa tienda —por razones publicitarias internas— no quiso aparecer en la película. Así que la 20th Century Fox hizo su propio desfile falso… más navideño que el real, para serte sincero. Ese tipo de detalles terminan dándole ese encanto extra de “Navidad manufacturada con amor”.


En fin: Milagro en la Calle 34 (1994) es dulce, sí. Es idealista, sí. Es más edulcorada que la original, también sí. Pero es una película refrescante, tierna, intrigante y con ese toque de ilusión que necesitamos cuando el mundo se pone demasiado gris. Y la moraleja final —acerca del amor, la familia, la fe en algo mejor, y ese tipo de cosas que uno solo confiesa en diciembre— pega muy bonito.


Porque si, al igual que yo, tienes una familia, o una parte de ella, con quien puedas llevarte lo suficientemente bien como para ver esta película juntos… ya sabes que ese es tu mayor milagro.




martes, 9 de diciembre de 2025

Red One / Código: Traje Rojo (2024).

 

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


Tenía mis dudas, lo admito. Las películas navideñas de acción son como ese rompope barato del súper: a veces pega, a veces te arrepientes, pero igual te lo sirves porque es diciembre. Pero Red One / Código: Traje Rojo me cayó sorprendentemente bien. Es exactamente lo que promete: un gran juguete navideño lleno de luces, CGI y chistes, armado para vender, entretener y que el espectador pase aproximadamente dos horas despreocupado. Y eso, la verdad… lo hace muy bien.


Aquí Dwayne Johnson interpreta a Callum Drift, el tipo número uno del “North Pole Command”, una especie de CIA navideña que opera con espíritu festivo, pero músculos de gimnasio. Y Chris Evans, alejándose del Capitán América bien portado y con cuerpo musculoso perfecto, se convierte en Jack O’Malley, un cazador de tesoros de mala reputación y malhumorado, todo un cabrón pretencioso, que cae en una aventura absurda cuando secuestran a Santa Claus. Pero ojo: Santa no es el abuelito barrigón clásico; acá es un Santa atlético, en forma, este detalle me encantó. Original, gracioso y refrescante.


El filme está dirigido por Jake Kasdan, el mismo de Jumanji: Welcome to the Jungle, lo cual explica perfectamente el tono: acción ruidosa, comedia ligera, criaturas digitales por todos lados y un sentido del espectáculo que nunca se toma a sí mismo en serio. Se nota que Amazon MGM lo tenía clarísimo desde el guión: hacer la gran película navideña global para streaming, y si de paso se colaba en cines, mejor. El resultado es exactamente eso: un blockbuster navideño de manual.


Y sí, hablemos del CGI.


Si no eres amante de los efectos digitales en exceso—esos que parecen salidos de un videojuego navideño de PlayStation—esta película te puede marear. Hay escenas que son puro CGI, pero puro-puro: criaturas, persecuciones, fondos completos, incluso algunos sets que pareciera que jamás tocaron un clavo real. Personalmente me reí más que me enojé con eso, pero entiendo que para otros puede sentirse como si hubieran abusado de eso. En mi caso, mientras no se caiga la fantasía, yo sigo montado en el trineo.


En cuanto al desempeño en cines, pues… aquí viene el carbón en la media navideña: Red One no fue el éxito en cine esperado. Su lanzamiento limitado en salas no logró cubrir en la taquilla ni de cerca su generoso presupuesto aproximado de 250 millones de dólares estadounidenses (32 millones el primer fin de semana, aunque ya al finalizar las semanas de su proyección en cines llego más cerca al recaudar 186 millones, igual fracasó, aunque no tanto) Pero Amazon Prime Video venía preparado: su apuesta real era el streaming global, donde la película sí encontró un público masivo desde su estreno. O sea, la taquilla fue un reno cojeando, pero el streaming es el Rudolph luminoso que la está sacando adelante desde entonces.


Lo demás funciona:


– La química entre Johnson y Evans es simpática, casi caricaturesca, pero efectiva.


– Las secuencias de acción son correctas, nunca memorables, pero sí divertidas.


– Hay un par de chistes que te sacan carcajada real, y otros que huelen a “guion del comité”, pero nada que arruine el viaje.


– El espíritu navideño está ahí: no empalaga, pero se siente.


En fin es una comedia de acción navideña comercial, hecha para ser rentable y entretenida, con ideas frescas como el Santa fitness y el mundo navideño militarizado, pero también con el peso del CGI excesivo y un guion que sabe exactamente qué clase de película quiere ser: la que pones en diciembre mientras comes galletas y no querés pensar demasiado. A mí me entretuvo un montón principalmente por lo navideño y por ver a Chris Evans😏otra vez en acción.




lunes, 8 de diciembre de 2025

Silent Night / Venganza Silenciosa / Noche de Paz (2023)

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


Wow!! ¡cómo tenía ganas de ver Silent Night / Venganza Silenciosa! Una película de acción navideña que marca el regreso de John Woo al cine estadounidense después de décadas. La vi la semana pasada en Amazon Prime Video —mi único streaming pagado cada mes en mi presupuesto — y vaya que me dio más de lo esperado por esos cinco dólares que me cobra cada mes.


Lo que me fascinó del filme (y lo que lo vuelve de los que vale la pena hablar) es esta apuesta casi experimental: no hay un solo diálogo hablado entre los personajes principales, solo sonido ambiental, disparos, motores, explosiones, ruido y voces de radio en un par de escenas… Pero ningún diálogo clásico. No es cine mudo, es cine sin guion hablado. Una historia contada a golpes, disparos y miradas. Nunca había visto algo así y eso —para bien o para mal— le da una originalidad casi radical. 


La trama: un padre, Brian Godlock (interpretado por Joel Kinnaman), ve morir a su pequeño hijo en un día de Nochebuena, víctima de un tiroteo entre pandillas. Herido gravemente, queda sin voz. Un año después, convertido en una máquina de venganza, decide cazar a todos los responsables. Esa premisa de pérdida, dolor y justicia cruda, funciona como motor. 


Técnicamente, la película viene bien armada. Woo —ese maestro del “heroic bloodshed” que revoluciona balas y palomas, honor y violencia estilizada— vuelve a demostrar que su lenguaje visual es potente: cámaras que acarician la violencia, encuadres compuestos como cuadros de minimalistismo sangriento, ritmo vertiginoso en secuencias de acción. La fotografía de Sharone Meir y la edición de Zach Staenberg logran que cada estampida de plomo, cada persecución o cada explosión no sea solo ruido, sea experiencia visceral. La música de Marco Beltrami ayuda a crear atmósferas densas, tensas, casi musicales en su violencia. 


El reparto secundario —con nombres como Kid Cudi, Catalina Sandino Moreno, Harold Torres— aporta diversidad y tonalidades al relato. Cada personaje tiene su peso en la narrativa de violencia, redención o fatalidad. 


Ahora bien: no todo brilla para mí en este filme. Hay escenas —sobre todo las del tramo final, las que intentan mezclar romance, traición y confrontación navideña— que se sienten acartonadas, con villanos dibujados en demasía (sonrisas cínicas, miradas frías, bailes lindos de vals en medio del caos), tanto que te sacan del enfoque brutal y te hacen poner cara de “WTF?” 😁. Esa teatralidad melodramática —tan típica del exceso de Woo cuando quiere ser estilizado— a veces choca con la crudeza que el resto del filme maneja con naturalidad.


Yo desde que vi mi primer película de John Woo alla por los inicios de los 2000s, Misión: Imposible 2, me di cuenta que si bien tiene este director un estilo de direccion de acción  impresionante muchas de sus escenas me parecen como contenidas como si el mismo se frenara en escenas que comienzan muy contundentes pero que no se atreven a seguir asi y se vuelven algo un tanto trillado y hasta genérico, tal vez por miedo a volverlas extravagantes o caóticas, algo que para nada otros directores de Hong Kong hacen, como el fabuloso Tsui Hark y el genial Ringo Lam (R.I.P) con sus estilos de direccion frenética, atmosferica y estilizada.


Y otro defecto: lo navideño se siente de fondo, es casi un disfraz. La historia podría pasar cualquier noche, en cualquier ciudad, con cualquier familia. La Navidad se usa de adorno moral, no de contexto real. Así que ese sentimiento cálido, festivo, de “redención navideña”… casi ni se nota.


En cuanto a su rendimiento en taquilla, Silent Night definitivamente no fue un blockbuster. Producción estadounidense-mexicana pero 100% Hollywood, estrenada el 1 de diciembre de 2023, con una recaudación global cercana a US$ 11.1 millones y con un presupuesto de US$ 10 millones. Los números no sorprenden: una acción cruda, dirigida por un viejo maestro de cine de acción hongkongnes, sin diálogos, sin romance dulce —un experimento —.


La crítica estuvo dividida. Algunos lo celebraron como “uno de los filmes más cinematográficos del año”, aplaudiendo que Woo demuestre que en el cine de acción la imagen puede contar más que las palabras. Otros lo señalaron como una idea extraña: dicen que la falta de diálogo convierte en mecánica lo que debería ser emocional, y que la violencia, aunque estilizada, se siente vacía, sin redención ni inspiración real.


Silent Night no es para puristas, ni para quienes buscan consuelo navideño. Es para los que aman lo áspero, lo brutal, lo que no quiere ser bonito. Es un regalo navideño un tanto engañoso con balas, humo y mucho silencio verbal.





sábado, 22 de noviembre de 2025

Restricted Area / Área Restringida (2019).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 
☆☆☆ — Buena — 8/10 — Digna de ver.


Hay algo curioso que me pasó hace unos días en Instagram: una página especializada en cine —de esas que se creen la Embajada Mundial de la Opinión Correcta™— publicó un par de posts donde, muy sofisticadamente pero igual de directo que un portazo, básicamente decían que, si no has trabajado en una película no tienes derecho a opinar sobre ella. Y que la crítica de cine “no sirve” porque suele basarse en gustos personales y no en objetividad.


Lo leí… y me quedé pensando.


Porque en mi caso —y en este blog— yo SIEMPRE he dicho que no soy crítico profesional, solo un fan armado con teclado y demasiadas horas de cine encima. Aun así, aquí tengo reseñadas películas que la crítica especializada ha despedazado como si fueran pecado capital… y para mí van desde “buenas” hasta “excelentes”. Incluso hay un par que considero perfectas y que el mundo califica de mediocres sin piedad.


Entonces esas publicaciones en Instagram me dejaron las dudas:
¿Se referían a “ignorantes felices” como yo, que amamos películas imperfectas?
¿O se referían a los críticos profesionales que desprecian cualquier filme popular solo porque no ganó Oscars?


Filosofé un rato, pero no comenté nada —para qué, si esas páginas nunca responden y uno queda haciendo el ridículo—. Pero traigo todo esto a colación porque, una vez más, voy a defender una película que estoy seguro la crítica especializada considera mala. Y lo entiendo: Restricted Area tiene carencias técnicas, diálogos que a veces parecen escritos durante una desvelada y un evidente afán de ser rentable más que artística.


Pero… me gustó. Bastante.


Estoy hablando de Restricted Area / Área Restringida (2019) una producción bastante modesta, hecha para video y streaming, dirigida por Christopher Don(un joven productor, director y escritor de cine de serie B). Y como buen artesano del cine B con saber que hacer entre monstruos de goma, explosiones baratas y thrillers económicos, Christopher Don entrega exactamente lo que promete: terror, thriller de horror y supervivencia sin pretensiones, con ese sabor casero que solo el low-budget bien intencionado puede lograr.


La película presenta a un grupo de hombres jóvenes que, despues de ser despedidos de la fabrica de su pueblo, entran en un área de cabañas abandonada donde opera una secta psicótica de asesinos ecologicos. ¿Original? No mucho. ¿Efectiva? Sí. Porque Don usa la escasez de presupuesto como excusa para encerrar a todos en un ambiente claustrofóbico que mezcla campos rurales de las afueras del pueblo, cabañas, gente amenazante de un culto con y sin mascaras y oscuridad… y allí, entre sombras e incertidumbre, empieza la cacería.


El reparto —Paige Lindsay BettsShawn C. Phillips, Andre BotelloRobert DonRandy Wayne— no es precisamente Hollywood, pero cumplen su función con entrega: gritos, correr, sufrir, morir, repetir. Lo típico del subgénero, sí, pero se sienten comprometidos, como si estuvieran felices de hacer cine aunque sea con dólares contados. Y eso… se agradece.


Técnicamente, la película tiene fallas: iluminación irregular, actuaciones que por ratos parecen ensayo, música que invade demasiado, efectos prácticos limitados. Pero aquí viene lo mejor: en medio de todo ese caos, hay una energía pulp fiction encantadora. Se nota el amor por el cine de videoclub, por esas cintas que antes alquilábamos sin saber nada y que terminaban siendo pequeñas sorpresas sangrientas.


La historia avanza rápido, sin rodeos, aunque con notable torpeza a veces, al mejor estilo de  (Ed Wood). No intenta parecer más profunda de lo que es. Y eso —para mí— ya la pone varios pasos adelante de producciones “serias” que se tropiezan intentando ser filosóficas.


Sobre taquilla… bueno, Restricted Area prácticamente por lo que averigue en internet parece que no tuvo estreno comercial en cines, como la mayoría de las producciones de este tipo; su recorrido fue y ha sido en VOD, streaming y venta digital. Pero las cifras no determinan el valor emocional de una película. A veces el cine barato entretiene más que el cine caro, y esta es una muestra.


Así que sí: tal vez soy “ese tipo de ignorante” del que hablaban en Instagram, el que goza una película que ellos descartarían en tres segundos, o que le desagradaria otra que ellos elevan a niveles muy artisticos. Pero ¿sabés qué? Prefiero seguir ignorante, feliz y maratoneando películas como esta.


Porque Restricted Area, con todos sus defectos, me entretuvo todo el tiempo. Me atrapó. Me dio lo que buscaba: sustos, tensión ligera, violencia artesanal y un final que, aunque impredecible pero simplón, funciona. Sin duda recomendada para amantes del terror serie B que no necesitan efectos de millones para pasarla bien.


Y te voy a decir algo que todavía no entiendo del todo: ¿por qué me gustó esta película mas de lo que pensé cuando supe de ella? Porque, siendo sinceros, Restricted Area es lo que es —una producción muy modesta, con fallas técnicas de novato que tampoco son la muerte— y aun así tiene una vibra rara, una fuerza peculiar en la dirección y esa premisa de secta eco-terrorista slasher que simplemente funciona más de lo que debería. Y aquí va mi otro misterio personal: el actor Randy Wayne, que en esta película aparece casi como secundario-extra, se roba cada escena donde aparece. Fue la única actuación que realmente me encantó, y gracias a este filme me volví fan suyo… sí, y de su participación en una película que nadie parece que defendía. Y actualmente Wayne es un actor con prestigio en películas independientes más serias aunque dentro de lo comercial siempre.


Pero lo más divertido: todavía no entiendo por qué Robert Don, el notablemente guapo y atlético hermano del director y ex militar y ex modelo, y que es uno de los protagonistas, NO aparece su nombre en los afiches recientes del filme en internet¡pero el nombre de Randy Wayne sí! ¡Como si Wayne fuera protagonista! Qué descaro tan delicioso y mercantilista, jajajaja. Tenía que ser una jugada digna de un director serie B de Estados Unidos. Astucia de videoclub clásico, y yo feliz cayendo redondo.


Y si a alguien no le parece válida mi opiniónni modoEste blog siempre ha sido para disfrutar o no del cine, no para pedir permiso para hacerlo.



Enlace a avance/trailer de Restricted Area (2019).









miércoles, 19 de noviembre de 2025

The Remains of the Day / Lo que queda del día (1993).

 Mi puntuación como fan del cine, no experto crítico:
 ☆☆☆☆ ----- Excelente -----10/10) ------ No te la pierdas.


Fue en televisión que vi esta película, The Remains of the Day / Lo que queda del día (1993), sin tener idea de qué trataba. Era allá por 1995, yo tenía 17 años y ya llevaba 1 año y pico con mi cinefilia, esa fiebre que empezó en 1994 en plena epoca de premios Oscars de ese año con Pulp Fiction (1994) (sí, como muchos de mi generación).  El asunto es que aquella tarde de sábado, por pura casualidad, no cambié de canal… y menos mal. Porque lo que vino después me dejó clavado frente a la pantalla. Fue tan genial, tan diferente, que todavía lo recuerdo como el primer drama que me pareció excelente. Antes de eso, solo el terror, el suspenso, la acción y la aventura lograban encantarme; las películas “de drama” me parecían lentas, tristes, casi un castigo. Pero después de Pulp Fiction comencé a abrirme a otros mundos, y The Remains of the Day me lo confirmó: el cine es mucho más que explosiones o sustos. El cine es emoción pura, aunque esté envuelta en silencio.


Dirigida por James Ivory, con guion de Ruth Prawer Jhabvala a partir de la novela de Kazuo Ishiguro, esta joya británica de 1993 fue una de esas obras que redefinen lo que entendemos por sutileza. Ivory, que ya nos había regalado A Room with a View y Howards End, crea aquí una obra contenida, elegante, emocionalmente demoledora. Y con un elenco que parece cincelado por los dioses del cine: Anthony Hopkins, Emma Thompson, James Fox y, para sorpresa mía en aquel momento, Christopher Reeve, el mismísimo Superman de los setenta y ochenta, en un papel lleno de humanidad y luz.


Recuerdo que al inicio me llamó la atención ver a dos protagonistas “maduros” o "viejos" —para mí, un muchacho de 17 años— viviendo una especie de flirteo contenido, lleno de miradas y silencios. Hopkins es el mayordomo Stevens, un hombre cuya vida entera gira en torno a la perfección del deber. Su rostro es una muralla emocional, un templo del autocontrol. Pero, claro, hasta las murallas se agrietan cuando aparece Emma Thompson como Miss Kenton, esa mujer sensible, firme y tierna, que con cada gesto parece decirle: “vive un poco, por Dios”. Desde sus primeras interacciones se siente una tensión preciosa, un amor que no se atreven a pronunciar ni por su nombre, pero que late debajo de cada taza de té y cada conversación de pasillo.


Y qué decir del tono. Esa melancolía inglesa que te abraza despacito, sin gritar, pero te deja temblando al final. Cuando llegué a los últimos minutos de la película, con esa sensación de “lo que pudo haber sido”, juro que casi lloré. Pero no como esos llantos hechos por sentimentalismos fáciles que buscan manipularte; no, aquí todo es digno, sereno, profundamente humano. Es como si Ivory y su equipo —con la fotografía impecable de Tony Pierce-Roberts y la música sutil de Richard Robbins— hubieran querido recordarnos que la emoción más fuerte es la que se contiene. Que los sentimientos más grandes se dicen, a veces, con un simple “buenas noches”.


Y sí, The Remains of the Day me dio una lección de vida: cómo uno puede dejar pasar increíbles oportunidades solo por complacer a otros, por mantener el “deber”, por miedo a romper las reglas invisibles de la corrección. Stevens es el retrato de ese sacrificio silencioso: un hombre que sirvió tan bien a los demás que se olvidó de servirse a sí mismo. Verlo al final, enfrentado a su propio vacío, es doloroso y hermoso a la vez.


Christopher Reeve, en su breve pero luminosa participación, aporta un soplo de optimismo, una especie de antídoto a la rigidez británica del resto del elenco. Es como si el Superman de mi infancia hubiera bajado al mundo de la contención para recordarnos que todavía hay esperanza, incluso entre tanto silencio.


Y los datos, claro, confirman su altura como filme: la película dura 134 minutos, fue clasificada PG en Estados Unidos (sí, ni una gota de escándalo, solo pura emoción), y con un presupuesto de unos 15 millones de dólares, recaudó más de 63 millones en todo el mundo. Un éxito modesto pero sólido para un drama sin trucos, solo con verdad. Hopkins y Thompson fueron nominados al Óscar —junto con la película, el director y el guion— y no ganaron, pero qué importa: el tiempo les dio la razón: es un peliculón ganador.


Recuerdo que, al terminarla, me quedé en silencio. No quería ni cambiar de canal. Sentía una especie de gratitud junto con una muy peculiar impresión, como si acabara de presenciar algo que me había transformado sin darme cuenta. Y sí, puede sonar exagerado, pero a los 17 años uno siente así: todo es descubrimiento y de alto impacto muchas veces. ese día descubrí que el cine puede ser quieto y, aun así, estremecedor. Que el amor puede existir sin beso, sin cama, sin declaración. Y que a veces el mayor dolor está en lo no dicho y en lo que dejas ir en detrimento tuyo.


Así que si nunca has visto The Remains of the Day, no esperes explosiones ni giros. Espera silencios. Espera miradas. Espera humanidad. Porque esta película no solo se ve, se siente. Y lo que deja atrás —lo que queda del día— es justo eso: una luz suave que sigue encendida, mucho tiempo después de que la pantalla se apaga.











domingo, 9 de noviembre de 2025

The Scarlet Letter / La letra escarlata (1995).

Mi puntuación como fan del cine, no experto crítico:
 ☆☆☆☆ ----- Excelente -----10/10) ------ No te la pierdas.


Wow! Este fue el segundo drama romántico que me encantó durante mi adolescencia y a inicios de mi vida como cinéfilo —el otro es The Remains of the Day (Lo que queda del día, 1993), que otro día reseñaré—. The Scarlet Letter (La letra escarlata, 1995) se siente como una versión ligera, casi pulp-romántica, de la historia original de Nathaniel Hawthorne. Claro, adaptar una novela tan profunda y crítica al formato cinematográfico es un desafío, y más cuando se trata de un relato de puritanismo, culpa y deseo. Pero esta película, dirigida por Roland Joffé (sí, el mismo genio detrás de The Killing Fields), me atrapó desde el momento en que Demi Moore, en plena convicción de su personaje, pronuncia ese “Yo puedo hablar con Dios” mientras las cuáqueras la miran con terror, como si acabara de invocar a Satán. En ese instante supe que sería sensacional. Y lo fue.


Demi Moore interpreta a Hester Prynne con una mezcla electrizante de rebeldía, ternura y belleza salvaje. Es imposible no enamorarse de ella. En su mirada hay una especie de desafío sensual al sistema, una fuerza interior que trasciende el corsé y la culpa. Cuando llega esa escena del baño —con un pajarito rojo observando, casi como cómplice— y la joven esclava la contempla en secreto a través de una rendija, mientras Hester se desnuda y se ve al espejo antes de sumergirse en la bañera… ¡cuánto simbolismo sutil! Una escena que destila lujuria contenida, feminidad y libertad, con una insinuación de deseo lésbico femenino apenas perceptible, pero tan dulce y humana que sorprende pensar que esto se filmó en 1995. Wow.


Y también esta él: Gary Oldman. Qué actor. Qué presencia. Qué mirada capaz de derretir al mismísimo puritanismo de Nueva Inglaterra. Su reverendo Arthur Dimmesdale es un hombre dividido entre la fe y la carne, entre la salvación y el infierno del deseo. Y sí, además de su inmenso talento actoral, también demuestra que tiene un físico más que digno de elogio. Aún recuerdo la sorpresa  al descubrir que, además de un rostro expresivo y una voz que podría redimir pecados, Oldman tenía muy buenas nalgas. Nunca lo imagine. Lo digo sin pudor ni ironía: el cine también es cuerpo, y aquí el cuerpo se vuelve poético.


La escena de sexo entre Demi y Gary es, de hecho, uno de los momentos más bellos y atrevidos del cine romántico de los noventa. Explícita pero no pornográfica, ardiente pero siempre dulce. Todo se siente tan romántico y a la vez tan inevitable, que uno termina convencido de que el amor —incluso en medio de la represión puritana— puede ser un acto sagrado. Y pensar que en Panamá, donde la vi a los 16 años, la clasificaron como PG-13, cuando en Estados Unidos era R. Tal vez fue un error de la censura panameña o quizá eran más liberales allá… pero bendita sea esa confusión, porque gracias a ella pude ver esta joya sin remordimientos.


Claro, The Scarlet Letter no es perfecta. Tiene sus excesos melodramáticos y un guion (de Douglas Day Stewart) que se toma más libertades con el texto original de Hawthorne que un amante con su amada en plena noche en un resort de playa. Pero qué importa. Roland Joffé logra que todo fluya con una mezcla de pasión y solemnidad que me encanta. Y aunque la crítica de la época la destrozó — y fue un fracaso de taquilla, recaudando apenas unos 10 millones de dólares en Estados Unidos frente a un presupuesto de casi 50 millones—, para mí es una película que vibra, que respira, que se atreve a sentir.


Robert Duvall completa el triángulo interpretativo como el vengativo Roger Chillingworth, un personaje que aporta ese toque de oscuridad moral tan necesario. Pero en el fondo, La letra escarlata es el duelo entre Moore y Oldman: dos actores en su plenitud, entregados a la pasión y a la tragedia, recordándonos que el amor, incluso cuando es pecado, puede ser una forma de redención.


Y sí, admito que el final feliz podría parecer una herejía dentro del contexto histórico: en la vida real, muy pocos —o ninguno— como Hester y Arthur lograban vencer al status quo cristiano-puritano imperante. Pero qué importa. El cine también está para darnos lo que la historia nos niega.


En resumen: The Scarlet Letter (1995) es una película que me marcó no solo por su erotismo romántico ni por la belleza e intesidad de Demi Moore y de de Gary Oldman, sino por lo que me hizo sentir. Y no hablo de lujuria, sino de amor. Amor por el cine, por la humanidad y por esos momentos donde la pasión y la fe se funden en una misma llama.










viernes, 31 de octubre de 2025

X-Ray / Hospital Massacre / Rayos X (1981).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


Sorprendentemente terrorífica —y deliciosa en su baratísima estética de serie B—, X-Ray es una joya escondida del catálogo de The Cannon Group, esa legendaria fábrica de cine comercial ochentero donde todo era posible: ninjas, venganzas, erotismo, y claro, hospitales donde un psicópata con bata médica acecha con bisturí en mano.


La dirigió Boaz Davidson, el mismo que años antes había hecho la comedia adolescente The Last American Virgin (esa donde el drama hormonal se toma más en serio que Shakespeare). Pero aquí Davidson se pone quirúrgico, literal y figuradamente. Con guion coescrito junto al novelista Marc Behm, el resultado es un slasher de hospital: quirófanos desiertos, pasillos eternos, luces parpadeantes y un aire de pesadilla.


La trama es simple y maravillosa: Susan Jeremy (la bellísima Barbi Benton, exmodelo de Playboy y reina de la televisión setentera) llega a hacerse un chequeo médico rutinario y, sorpresa, el hospital resulta estar lleno de personal rarísimo y cadáveres. Todo mientras un asesino la vigila con obsesión quirúrgica y asesina.


Desde los primeros minutos —con todas esas escenas iniciales tan “falsa alarma” típicas del pulp horror— el filme deja claro su tono: humor negro involuntario, sustos efectistas, erotismo ligero y violencia estilizada. El rodaje se llevó a cabo en locación de hospital real (el Hollywood Presbyterian Medical Center en Los Ángeles), lo que añade un grado de autenticidad a la ambientación: pasillos largos, luces parpadeantes, niebla de “fumigación” que cubre el noveno piso… Esos detalles refuerzan la atmósfera onírica-pesadillezca. 


Davidson sabe jugar con el “susto que no es susto”: te tensa, te relaja, te vuelve a asustar.con un entorno inusitado para el slasher: un hospital con apariencia de estar casi desierto y quirófanos que generan claustrofobia.


Si bien se ha indicado que la película data de 1981, su estreno en EE.UU. fue despues, en abril de 1982 bajo el título Hospital Massacre. No hay datos fidedignos de taquilla — lo cual no es raro para producciones de este tipo y época — lo que sugiere que su rendimiento fue modesto, sin grandes giras internacionales ni impacto masivo, más bien se instaló en el circuito de cine de explotación y VHS posterior. Encontró su segunda vida en VHS y maratones de medianoche.


La película fue producida por los infames y prolíficos productores israelíes Menahem Golan y Yoram Globus bajo la bandera de Cannon / Golan-Globus, sello que en esos años experimentaba con todo tipo de géneros low-budget para captar público rápido.


En cuanto a calidad artística hablando con honestidad: la cinta tiene sus altibajos pero encaja perfectamente con lo que menciono al inicio. Los jump-scares o “falsa alarma” funcionan: el espectador cree que viene el asesinato, se tensa, y de pronto… nada, sólo una sombra moviéndose, un ebrio comiendo… y así sucesivamente. La ambientación hospitalaria aporta una sensación de aislamiento — estamos dentro de una institución supuestamente segura, y sin embargo todo allí está mal: ascensores que no funcionan, personal extraño, quirófanos cerrados, cadáveres que surgen de la nada — lo que le da al filme esa mezcla de pulp y terror que mencioné. Algunos críticos lo han analizado desde la óptica del “medical gaze” (la mirada médica) y cómo la protagonista es más objeto de observación que de acción, lo que en el fondo añade una capa más profunda a este entretenimiento gore/slasher


X-Ray no busca reinventar el terror; busca divertirse con él. Y lo logra. Tiene escenas gloriosamente absurdas (esa caja con la cabeza decapitada, por favor) y momentos de delirio que rozan lo surreal. La atmósfera hospitalaria —fría, mecánica, deshumanizada— amplifica el miedo básico a la vulnerabilidad: estar a merced de otros mientras te anestesian o te observan. Y NO tienes idea exacta de quien es el asesino... hasta el truculento, sensacionalista y sorprendente final.


Y sí, el guion se enreda, los secundarios existen solo para morir, y hay tomas al inicio que parecen recicladas de Bloody Birthday (1980). Pero eso es parte del encanto: este slasher puede ser para algunos puro placer culposo, para otros algo que sin culpa se disfruta (yo soy de estos ultimos) todo con ritmo, color, y un fetichismo por los pasillos hospitalarios digno de un videoclip de synth-pop.


En definitiva, X-Ray es un slasher con bisturí, bata y perfume a desinfectante ochentero. Un delirio pulp que no pretende asustar tanto como seducir con su atmósfera de hospital erótico-mortal.


Una pelicula que es cirugía de terror serie B bien lograda, con suficiente sangre y estilo para dejarte con sonrisa y escalofríos.


Perfecta para ver a medianoche con luces apagadas… Y casi excelente en general como pelicula de cine.


Ahora bien: ¿por qué digo “casi excelente”? Porque tiene momentos de brillantez como la escena de la caja-regalo con la cabeza decapitada (sí, lo leíste bien la primera vez que lo dije) o esa secuencia de la camilla quirúrgica al final, que remiten a un delirio muy setentero/ochentero de hospital del terror. Pero también arrastra sus defectos: la lógica narrativa se deja de lado en beneficio del espectáculo, y hay ralentizaciones innecesarias. Algunos personajes secundarios están ahí sólo para morir (lo cual es habitual en el subgénero) y la caracterización es mínima. Críticos contemporáneos lo califican como “junk food slasher de los 80s” pero “sangre suficiente para entretener”. 


En suma: para quien entre con la expectativa adecuada —nada de cine de terror sofisticado, sino una experiencia pulp, divertida, con sustos baratos y atmósfera febril— X-Ray funciona de maravilla. Logra que no bajemos la guardia hasta su tramo final, y aunque peque de los típicos errores de bajo presupuesto, se sostiene como una opción mucho mejor de lo que su estatus de serie B daría a entender.