I Dream of Jeannie / Sueños con Jeannie – El confort eterno de una fantasía sesentera
Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico):
☆☆☆☆ — Excelente — 10/10 — No te la pierdas.
De todas las series de los años 60 que vi en mi niñez y adolescencia durante los 80s y 90s, estoy casi seguro de que I Dream of Jeannie fue la primera —o al menos una de las dos primeras, junto a I Love Lucy / Yo quiero a Lucy— que marcaron mi relación con las sitcoms. Fueron mis puertas de entrada al formato, mis primeras risas grabadas en blanco y negro (o en color deslavado según la transmisión), mis primeras historias episódicas donde el mundo siempre volvía a su equilibrio al final de cada capítulo.
A diferencia de otra joya sesentera como Bewitched / Hechizada, que descubrí más tarde en mi adolescencia en los 90s, Sueños con Jeannie fue parte de mi formación temprana como televidente. Y hay algo profundamente reconfortante en recordarla.
Creada por Sidney Sheldon, la serie se emitió por NBC entre 1965 y 1970, alcanzando 5 temporadas y 139 episodios. Estaba protagonizada por Barbara Eden como Jeannie, la genio traviesa, devota y absolutamente carismática, y Larry Hagman como el astronauta Tony Nelson, el hombre “racional” que intenta mantener el orden frente al caos mágico que irrumpe en su vida. El concepto era sencillo y brillante: un astronauta de la NASA encuentra una lámpara en una isla desierta y libera a una genio que decide servirle… y amarlo.
El contexto no era menor: plena carrera espacial, Estados Unidos obsesionado con la ciencia, el progreso y el orgullo nacional. Insertar en ese mundo una figura mágica femenina, sensual, impredecible y emocionalmente más poderosa que el hombre que “la posee”, tenía una ironía deliciosa. Aunque la serie jamás fue abiertamente subversiva, sí jugaba con esa tensión entre control masculino y poder femenino de manera sutil.
En términos de rating, I Dream of Jeannie tuvo un desempeño sólido pero no dominante; nunca fue el programa número uno de la temporada, pero se mantuvo lo suficiente como para consolidarse como clásico en sindicación. Y fue precisamente en esas retransmisiones —sobre todo en los 80s— donde muchos, como yo, la adoptamos como parte de nuestra rutina diaria.
La vi completa al menos dos veces en los 80s, luego nuevamente en los 90s, y todavía hoy he visto capítulos sueltos en streaming. Y siempre provoca lo mismo: confort inmediato. Es tan ligera, tan graciosa, tan encantadora en su ingenuidad estructural, que funciona como una cápsula emocional.
Barbara Eden tenía un magnetismo difícil de explicar. Su Jeannie era dulce pero no tonta, traviesa pero no cruel, enamorada pero no sumisa del todo. Había en ella una energía juguetona que, incluso dentro de los códigos conservadores de la época, lograba filtrarse como algo más moderno. Porque sí, la serie es muy de los 60s: roles tradicionales, dinámicas hoy discutibles, situaciones que para espectadores no conservadores, como uno, pueden parecer fuera de época. Y, sin embargo, paradójicamente, en varios episodios se percibe una crítica sutil a la sociedad estadounidense que retrata.
Hay momentos donde el absurdo revela lo ridículo de ciertas normas sociales, donde la obsesión por la reputación, el estatus o la masculinidad queda en evidencia gracias a la intervención mágica de Jeannie. Esa crítica no es frontal ni militante, pero sí refrescante. Y quizá por eso sigue funcionando.
Cuando vi los primeros episodios de la serie de Marvel de hace unos pocos años atras WandaVision y observé cómo utilizaban el lenguaje de las sitcoms clásicas como parte del refugio mental de Wanda, me sentí profundamente identificado. Esa estética de sala iluminada artificialmente, risas grabadas y conflictos domésticos encapsulados no era solo homenaje: era memoria emocional. Y para mí, esa memoria tiene mucho que ver con Sueños con Jeannie. Ese uso del lenguaje televisivo clásico como refugio emocional… lo entendí perfectamente. Porque para muchos de nosotros, esas sitcoms no son solo entretenimiento retro: son lugares seguros de la memoria.
I Dream of Jeannie no fue solo una fantasía ligera sobre una genio enamorada; fue una de las primeras experiencias televisivas que me enseñaron que la comedia televisiva podía ser un hogar dentro del hogar. Que la repetición no era aburrimiento, sino una especie de ritual. Y que incluso dentro de estructuras aparentemente simples, podían esconderse pequeñas ironías sociales.
Tal vez no sea la sitcom más sofisticada de los 60s. Tal vez no sea la más transgresora. Pero sí es una de las más reconfortantes y refrescantes que he visto en mi vida. Y eso, para mí, es absolutamente maravilloso...y mágico.