Mi puntuación como fan del cine (no crítico experto):
☆☆☆☆ — Perfecta — 10/10 — No te la pierdas.
Haciendo una pausa en esta temporada de sitcoms que inicié a principios de año en este blog, quiero hablar de una película que, una vez más, me dieron ganas enormes de volver a ver. Y eso ya dice mucho.
Rosewood Lane es una de esas raras películas que parecen perseguirme. La vi por primera vez allá por 2023 en ViX, durante lo que además fue mi primera experiencia seria con el streaming. En aquel entonces la plataforma todavía tenía una oferta internacional más amplia que la actual. Después esta película desapareció del catálogo. Tiempo después la encontré en otro servicio de streaming, la vi nuevamente, y eventualmente volvió a desaparecer. Y quizá esa naturaleza escurridiza contribuye a su encanto para mí, porque es una de esas películas que periódicamente me dan ganas de revisitar.
Lo curioso es que este año, investigando más sobre ella, descubrí algo que me dejó genuinamente sorprendido: gran parte de la crítica especializada la considera una mala película.
Y una vez más me encontré en una situación que me ha pasado muchas veces como espectador:
Esta es otra película considerada mala que a mí me fascina.
Escrita y dirigida por Víctor Salva, conocido principalmente por la franquicia Jeepers Creepers, Rosewood Lane llegó en 2011 como un thriller de terror psicológico de bajo presupuesto que mezcla elementos de acoso, invasión doméstica y terror psicológico.
La historia sigue a la Dra. Sonny Blake, interpretada por Rose McGowan, una psiquiatra radial que regresa a la casa de su infancia tras la muerte de su padre alcohólico. Lo que inicialmente parece un regreso para cerrar heridas familiares pronto se transforma en una pesadilla cuando empieza a sospechar que el repartidor de periódicos del vecindario, Derek Barber, está detrás de una serie de actos cada vez más perturbadores.
La premisa puede sonar sencilla sobre el papel, pero la ejecución me parece extraordinariamente efectiva.
Uno de los reproches más comunes de la crítica fue calificarla de lenta. Sinceramente, nunca entendí esa observación. Para nada, considero que solo un adicto a Tik Tok podría considerarla lenta. Para mí, la película está cargada de suspenso y tensión terrorífica desde muy temprano. No es un terror basado en explosiones constantes de violencia ni en sobresaltos cada treinta segundos. Es un terror de observación, de paranoia creciente, de sospecha permanente. Hay momentos pausados, sí, pero nunca sentí que la película se detuviera. Al contrario: siempre me pareció ágil, envolvente y progresivamente inquietante. Así como trepidante por momentos.
Y gran parte de eso se debe al trabajo del actorazo Daniel Ross Owens.
De todos los elementos de este peliculón, quizá ninguno me impresionó más que él.
Interpretando a Derek Barber, Owens construye un antagonista profundamente incómodo. No necesita grandes discursos ni escenas excesivamente teatrales para resultar perturbador. Su presencia física ya genera inquietud. Hay algo extraño en su mirada, en sus silencios, en la forma en que ocupa el espacio dentro de las escenas. Consigue transmitir la sensación de que algo está profundamente mal incluso cuando aparentemente no está haciendo nada.
Es una actuación basada en pequeños detalles, en gestos mínimos, en diálogos cínicos y desafiantes llenos de crueldad y en una energía impredecible que mantiene al espectador constantemente alerta.
Lo curioso es que, pese a lo mucho que me impactó su interpretación, Daniel Ross Owens prácticamente es un actor desaparecido del radar público. Durante estos años despues de ver Rosewood Lane la primera vez he intentado encontrar más información sobre él, entrevistas, redes sociales o algún seguimiento de su carrera, y es sorprendentemente difícil. Eso le añade un aura casi fantasmal a una actuación que ya de por sí resulta inquietante.
Por supuesto, el reparto también cuenta con nombres sólidos como Rose McGowan, Ray Wise, Lauren Vélez, Lesley-Anne Down y el veterano Rance Howard, quienes aportan credibilidad a una historia que constantemente juega con la percepción del espectador.
Y aquí llegamos a lo que para mí convierte a Rosewood Lane en algo especial.
Su final.
Sin entrar en spoilers, diré únicamente que el giro final me parece magnífico. No porque aparezca de la nada, sino porque la película lleva mucho tiempo preparándolo. Al revisarla una segunda vez, resulta evidente que diversas escenas ya estaban sugiriendo la verdad mediante juegos de percepción visual, encuadres cuidadosamente diseñados y situaciones ambiguas que adquieren un significado completamente diferente cuando se conoce el desenlace.
Es uno de esos finales que obligan a reinterpretar buena parte de lo que uno acaba de ver.
Desde el punto de vista de producción, también resulta admirable. Se filmó en apenas unos veinte días, con un presupuesto aproximado de tres millones de dólares y distribución de Lionsgate. Su recorrido comercial fue modesto: tuvo un estreno muy limitado en salas antes de pasar directamente al mercado de DVD, Blu-ray y video bajo demanda. Recaudó apenas unos pocos miles de dólares en taquilla estadounidense, lo que la convirtió prácticamente en una película destinada al consumo doméstico.
Las críticas fueron mayoritariamente negativas. Actualmente posee una puntuación cercana al 17% en Rotten Tomatoes y una valoración modesta entre los usuarios de IMDb. Los comentarios suelen señalar problemas de guion, ritmo y desarrollo narrativo.
Yo, sinceramente, veo otra película.
Veo una obra tremendamente efectiva en generar tensión. Veo una película que entiende cómo construir una atmósfera de amenaza constante. Veo un thriller psicológico que recompensa al espectador atento. Y veo una interpretación memorable de Daniel Ross Owens que merece mucho más reconocimiento del que recibió.
También es imposible hablar de Rosewood Lane sin mencionar la enorme controversia que rodea a Víctor Salva debido a su condena por abuso sexual de un menor en los años ochenta, en 1988 fue condenado, y él mismo se declaró culpable, por abuso sexual de uno de los adolescentes protagonistas de su filme de terror Clownhouse (filmado en 1988 y estrenado en 1989). Un hecho lamentable y reprochable sin dida y para muchas personas, esa historia personal hace imposible separar al artista de la obra. Es un debate legítimo, complejo y que cada espectador debe resolver por sí mismo.
Lo que sí puedo decir en positivo es que, juzgando exclusivamente la película como experiencia cinematográfica, Rosewood Lane me parece una gran joya oculta del thriller psicológico moderno.
Una de esas películas que la crítica rechazó, pero que algunos espectadores adoptamos con entusiasmo.
Y en mi caso, con auténtica fascinación.
Porque cada cierto tiempo vuelvo a pensar en ella y me digo exactamente lo mismo:
"Necesito volver a ver Rosewood Lane."

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