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sábado, 13 de junio de 2026

Clownhouse (1989).

 

Mi puntuación como fan del cine (no crítico experto):

☆☆☆1/2— Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.

Para terminar este pequeño paréntesis dedicado a las películas de terror de Víctor Salva —el mismo creador y director que años después alcanzaría notoriedad con Jeepers Creepers— quería hablar de su primer largometraje cinematográfico: Clownhouse.


Y vaya película tan extraña para comentar.


Porque por un lado me parece un muy buen filme de terror. Una pequeña joya de culto del horror independiente de finales de los años ochenta. Un slasher y thriller de invasión doméstica intenso, eficaz y sorprendentemente moderno para su época.


Pero por otro lado también es una película marcada para siempre por uno de los episodios más oscuros y perturbadores detrás de cámaras que recuerdo haber conocido en la historia del cine de terror.


La vi hace unos pocos años, antes de enterarme de toda la controversia relacionada con su producción. De hecho, hasta que investigué estos días para mi reciente reseña de Rosewood Lane fue que descubrí la magnitud de lo ocurrido durante el rodaje.


Y debo admitir que eso cambió por completo la forma en que veo esta película.


Estrenada en 1989, Clownhouse fue la ópera prima de Víctor Salva como director y guionista. Realizada con apenas unos 200 mil dólares de presupuesto —una cifra bajísima incluso para los estándares del cine independiente de la época— fue filmada en apenas doce días y contó con el respaldo nada menos que de Francis Ford Coppola, quien quedó impresionado con el proyecto y ayudó a financiarlo a través de su compañía American Zoetrope.


La historia es sencilla pero muy efectiva.


Tres hermanos pasan una noche solos en casa durante Halloween. Al mismo tiempo, tres pacientes psiquiátricos escapan de una institución mental cercana, asesinan a varios payasos de un circo local y toman sus identidades. Lo que sigue es una larga noche de persecución, paranoia y terror en la que la casa familiar se convierte en una trampa mortal.


El protagonista es Casey Collins, un preadolescente que además sufre una profunda fobia a los payasos.


Y ahí radica buena parte de la inteligencia de la película.


Mucho antes de que los "payasos asesinos" se convirtieran en una moda recurrente del cine de terror, Clownhouse ya entendía que la figura del payaso posee algo profundamente inquietante. Su sonrisa exagerada, su maquillaje inmóvil y esa imposibilidad de leer emociones reales detrás de la máscara generan una sensación de incomodidad que la película explota constantemente.


A la luz de hoy, resulta casi un eslabón perdido entre el terror psicológico de los años setenta y la ola de payasos siniestros que explotaría décadas después.


La puesta en escena es sencilla, casi minimalista. No hay grandes efectos especiales ni secuencias espectaculares. Todo depende de la tensión.


Y funciona sorprendentemente bien.


Los tres payasos asesinos aparecen muchas veces simplemente observando, esperando, acechando. Son figuras silenciosas que avanzan lentamente y cuya sola presencia genera inquietud. Viéndola años después de conocer Jeepers Creepers, resulta evidente que Salva ya estaba experimentando con el tipo de villano silencioso y depredador que más tarde perfeccionaría con el Creeper.


Otro detalle curioso es que aquí encontramos uno de los primeros trabajos cinematográficos de Sam Rockwell, décadas antes de convertirse en uno de los actores más respetados de Hollywood y eventual ganador del Óscar.


Rockwell interpreta al hermano mayor Randy Collins y, aunque todavía era un actor prácticamente desconocido, ya mostraba parte del carisma natural que más tarde definiría su carrera.


Pero inevitablemente llegamos al tema que hace imposible hablar de Clownhouse como si fuera simplemente otra película de terror.


Durante el rodaje de 1988, Víctor Salva fue arrestado por abusar sexualmente de Nathan Forrest Winters, el actor infantil que interpretaba a Casey Collins. El caso llegó a juicio y Salva fue condenado. Pasó aproximadamente quince meses en prisión antes de obtener libertad anticipada.


Lo más perturbador es que la condena ocurrió antes incluso del estreno comercial de la película.


En otras palabras, cuando Clownhouse llegó a los cines y posteriormente al mercado doméstico, su director ya estaba cumpliendo condena.


Creo que nunca he visto un inicio de carrera cinematográfica tan maldito, tan trágico y tan contradictorio.


Por un lado, un entonces joven director lograba realizar un largometraje técnicamente competente con recursos mínimos, llamaba la atención de Francis Ford Coppola, conseguía estrenar en Sundance y mostraba un talento visual que más tarde volveríamos a ver en otras obras de su filmografía.


Por el otro, todo ese potencial artístico quedaba contaminado por un crimen real cometido durante la propia producción de la película.


Y esa contradicción es precisamente la que sigue acompañando a Clownhouse más de tres décadas después.


De hecho, buena parte de las discusiones actuales sobre la película ya ni siquiera giran alrededor de sus virtudes o defectos cinematográficos, sino sobre si es posible separar la obra de quien la creó. Es un debate complejo, incómodo y personal. Cada espectador tendrá su propia respuesta, como mencioné en la reseña de Rosewood Lane.


Lo cierto es que el legado de Clownhouse quedó atrapado entre dos historias distintas: la de una pequeña película de culto del terror independiente y la de un caso judicial que marcó para siempre la percepción pública de su director.


Quizá por eso hoy resulta tan difícil encontrarla. No está disponible en las grandes plataformas de streaming, las ediciones físicas llevan años descatalogadas y las pocas copias que circulan suelen encontrarse en repositorios no oficiales o viejas digitalizaciones de VHS. De hecho, ahora entiendo perfectamente por qué cuando la busqué hace algunos años terminé encontrándola únicamente en YouTube.


La película prácticamente ha sido enterrada por la industria.


Y sin embargo, cinematográficamente hablando, sigue siendo una obra impresionante.


No porque sea una obra maestra. No porque reinventara el género. Sino porque demuestra cuánto puede lograrse con una idea sencilla, una atmósfera bien construida y una comprensión intuitiva de los miedos más básicos.


Los payasos de Clownhouse siguen resultando inquietantes. La tensión continúa funcionando. Y algunos momentos conservan una efectividad sorprendente incluso para espectadores acostumbrados al terror moderno más violento y explícito.


Al final, mi opinión sobre la película quedó dividida en dos partes irónicamente inseparables.


Como obra de terror, me parece un thriller de invasión doméstica bastante notable, ingenioso dentro de sus limitaciones y muy importante dentro de la evolución del subgénero de los payasos asesinos.


Pero como capítulo de la historia del cine, me parece también un recordatorio muy incómodo y perturbante de que detrás de las cámaras pueden ocurrir hechos mucho más aterradores que cualquier monstruo o psicópata ficticio.


Y quizá por eso Clownhouse sigue siendo una película tan difícil de "clasificar". Porque es al mismo tiempo una pieza de culto del terror ochentero y una de las producciones más ensombrecidas por su contexto real.


Una película que me gustó mucho. Una película que considero bastante efectiva y tenebrosa. Pero también una película que jamás podré volver a ver exactamente de la misma manera después de conocer todo lo que ocurrió durante su realización.



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