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domingo, 5 de octubre de 2025

Epitaph / Mommy's Epitaph / Epitafio (1987).

 

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆1/2 — Apenas buena — 6/10 — Apenas digna de ver.


Hay cine de serie B... y luego está Epitaph (1987), que tranquilamente podría fundar su propia categoría: serie ¿Z? ¿W? ¿Y? Una joyita olvidada y en bruto que encontré una noche de viernes o sábado a la medianoche, cuando la tele local en mi adolescencia en los 90s -alla en Panamá- nos regalaba esos programas de cine de terror y horror que mezclaban sustos con risas (voluntarias o no), y uno no sabía si prender la luz o agarrar la cobija del susto... o del bochorno. Epitaph es una oda trash al terror más delirante y barato.


Este filme tiene algo de especial. Es como si Ed Wood hubiera reencarnado en los años 80s con una botella de tequila, una máquina de humo y una obsesión con las madres asesinas y los psicodramas de sofá.


Epitaph nos entrega una trama que apenas puede llamarse así, con personajes que más que actuar, parecen improvisar sus diálogos mientras piensan en qué cenar después del rodaje. Pero, ay, ahí está su encanto.


La premisa es sencilla, casi poética en su falta de complejidad: una madre psicópata y asesina con problemas (graves) decide desatar su furia contra alguna gente incluyendo una psicóloga-investigadora que, pobrecita, claramente no cobraba lo suficiente como para enfrentar semejante sesión de terapia extrema. Pero lo que me marcó —y no lo digo en broma— fue esa escena perturbadoramente sádica con la rata. ¡Ay, mi madre! Yo estaba horrorizado... Y hay algo originalmente enfermizo en esa secuencia que se te queda grabado, como un mal sueño que no sabes si volveras a tener.


Ahora, lo demás... es una fiesta del desastre. La música parece compuesta en un teclado Casio en modo demo, las actuaciones son tan sobreactuadas que uno se pregunta si los actores estaban conscientes de estar en una película o si fue una improvisación en una reunión de vecinos. Y la puesta en escena... ¿cómo describirla? A medio camino entre un episodio de La Dimensión Desconocida / The Twilight Zone y un comercial de insecticida ochentero. Pero con sangre. Y gritos. Y escenas lúgubres.


Eso sí, no todo es descalabro. Hay una sensualidad enfermiza, casi gótica, en la forma en que la madre psicópata domina la narrativa. Una especie de femme fatale versión Tía Loca con cuchillo y mirada de poseída. A su manera, hipnotiza. Te arrastra como el cine malo que sabe que es malo, pero que aún así te mira desde la esquina con la ceja levantada diciendo: “¿No puedes dejar de verme, verdad?”.


Y aunque el guión es prácticamente inexistente y la tensión dramática brilla por su ausencia durante amplios tramos, hay una especie de lógica caótica que mantiene el barco a flote. O al menos semi-hundido de manera poética. Porque Epitaph no intenta ser profundo ni elegante. Ni siquiera intenta dar miedo todo el tiempo. Es un viaje entre lo bizarro, lo chafa, lo inesperado y lo involuntariamente hilarante, pero con destellos de algo más... algo que no puedes dejar de ver, como esos videos virales imposibles de olvidar por lo grotescos.


El final—y esto lo digo con respeto— me sorprendió por brutal aunque muy superficial y morboso. No porque sea un final brillante, sino porque me dejó preguntándome si lo que vi fue real o solo un delirio de fiebre de cineastas con entusiasmo pero pocas ideas y aun menor presupuesto. Pero sorpresa hubo. De hecho, creo que fue uno de esos finales que salva (más o menos) la experiencia y te deja con ganas de contarle a alguien: "¿Has visto Epitaph? ¡No tienes la más mínima puta idea de lo que te estás perdiendo!".


¿Es buena? No. ¿Me gustó lo suficiente? Sí. Porque hay películas que, aunque estén hechas con cinta adhesiva y sueños rotos, logran colarse en tu memoria y quedarse ahí, como un tatuaje mal hecho que aún así no te quieres borrar. Y esta pelicula, Epitaph, con todo su caos, su atmósfera mugrienta, sus traumas maternos y su estética de video-club rústico, es una de esas.




sábado, 4 de octubre de 2025

Hostel / Hostal (2005).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆☆ — Perfecta — 10/10 — No te la pierdas.


Recuerdo claramente la tarde de domingo en que fui al cine con mi mamá y vi Hostel (2005), de Eli Roth. Era uno de esos estrenos que no sabías exactamente qué esperar, pero que prometían sacudirte de lo cotidiano… y vaya que lo hizo.


Desde los primeros minutos, la película construye esa atmósfera atractiva de viaje — mochilas, amigos universitarios, Europa de postal — que se convierte lentamente en algo oscuro, malsano, casi visceral. Paxton (Jay Hernandez) y Josh (Derek Richardson) son los dos jóvenes cuyo deseo de aventura se mezcla con curiosidad, libertinaje y cierta ingenuidad; el tercero del trío, Oli (Eyþór Guðjónsson), sirve de puente entre lo exótico y lo ominoso. Esa transición de lo festivo a lo grotesco es lo que hace que Hostel funcione tan bien como thriller-horror. Y ya en la ultima media hora y cerca del final es la montaña rusa de horror con atmósfera inquietante y terrorífica más brutal que he visto y sentido... hasta la ultima escena.


Técnicamente la película está excelentemente resuelta. Filmada en gran parte en la República Checa, aunque se supone que la acción sucede en Eslovaquia, la locación logra transmitir ese aire de pueblos remotos, sombríos, con rincones olvidados. Milan Chadima detrás de la cámara capta bien los contrastes: la belleza de los paisajes europeos de viaje, la bienvenida amable del hostel, y luego los pasillos sucios, los cuartos cerrados, y la luz tenue que apenas te permite ver lo que está mal. La música de Nathan Barr añade tensión, esas pausas incómodas entre los sonidos, los momentos de silencio que preceden o siguen al gore. Porque sí, hay gore y bastante: escenas que un par de veces me hicieron apartar la mirada, que me hicieron sentir miedo real. No es solo lo que ves, sino lo que anticipas, lo que imaginas después de ver apenas una sombra, un salto súbito, o el crujido de algo que no debías escuchar.


Una de las quejas / discusiones que existieron al momento de su estreno fue lo explícito de ciertas escenas, lo “torture‑porn” que algunos críticos acusaron de sensacionalista. Pero también hubo quienes defendieron que en esa brutalidad hay una crítica soterrada: la del turismo superficial, del exotismo como mercancía, de los riesgos reales de viajar sin precaución, confiando en la fantasía de que todo va a ser aventura. Hostel no solo juega con tu miedo, sino con tus expectativas de lo que significa “vacaciones”, puerta abierta, “hostal barato”, encuentros casuales… hasta que la pesadilla aparece.


Taquillero, sí lo fue: terminó recaudando alrededor de US$80.6 millones en todo el mundo — unos US$47.3 millones en los Estados Unidos en su lanzamiento inicial, y cerca de US$33.3 millones afuera. Para una cinta de terror con bajo presupuesto — y con una propuesta arriesgada — fue un gran éxito comercial. Esa combinación de éxito de público vs rechazo de algunos sectores culturales o gubernamentales generó controversia, especialmente en Eslovaquia y la República Checa, países que se sintieron retratados como peligrosos, atrasados, violentos, estereotipados. 


Actoralmente tiene momentos sobresalientes: Barbara Nedeljakova como Natalya, Jana Kaderabkova como Svetlana, son personajes secundarios que sorprenden con su presencia. No son solo “víctimas”: en la manera en que interactúan con los protagonistas, se juega ahí con el poder, el deseo, la manipulación. Jay Hernandez entrega a Paxton con dosis de arrogancia, curiosidad y luego horror; Derek Richardson como Josh aporta ese contrapunto de amigo leal pero vulnerable. No todos los personajes tienen profundidad, pero pareciera que esa simplicidad funciona para que el horror (el físico, el moral) se sienta más crudo, más directo.


Al salir del cine me volví hacia mi madre, con el corazón todavía acelerado, pensando en lo que acababa de ver, y ella me dijo algo que me heló: que la idea de pueblos siniestros, de asesinos sueltos y organizados en rincones remotos de Europa, era algo que se contaba como leyenda urbana cuando ella era adolescente en los 60s‑70s. No sé qué fue más inquietante: la película, con sus escenas de gore, oscuridad y miedo real, o darme cuenta de que lo que yo creía fantasía tenía ecos en historias que mi mamá escuchó de niña. Aun ahora, Hostal me dejó un miedo profundo de ir de turista a cualquier pueblito europeo olvidado, porque ¿y si lo que dice la película no está tan alejado de algunas leyendas y paranoia reales? Nada peor que gente "normal" apoyando la degeneración como negocio como sale en esa pelicula.


Hostal es una película que funciona porque mezcla bien varios ingredientes: ambiente, expectativa, personajes creíbles dentro de su ingenuidad, violencia a multiples niveles que impacta increiblemente, y la sensación de que uno podría estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. No es solo ver sangre o gritos; es sentir que lo desconocido te acecha justo cuando bajaste la guardia. Para quienes disfrutamos del cine de terror y horror que no solo asusta, sino que perturba, que deja algo en la mente después de apagar las luces, Hostel sigue siendo, y siempre será una cinta absolutamente memorable. Y personalmente junto con Heavenly Creatures (Peter Jackson, 1994) es la mejor pelicula que he visto. Estas 2 estan de #1 en mi Top 10... 









viernes, 3 de octubre de 2025

Dead Silence / El Títere (2007).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆☆ — Perfecta — 10/10 — No te la pierdas.


A veces, una película se te queda grabada no solo por lo que ves en pantalla, sino por con quién la compartes. Dead Silence (traducida en Hispanoamérica como El Títere), la vi en su momento en el cine... y fue una de las últimas películas que vi con mi madre en una sala. Después de eso, ella, una cinefila desde su juventud en los 70s, decidió que el cine ya no era para ella, que prefería ver las películas en la tranquilidad del hogar, ya fuera en DVD o streaming. Pero yo guardo ese recuerdo con cariño y con una sensación de terror elegante que Dead Silence supo dejarme. Un día, quiero volver al cine con ella. Y tal vez, aunque suene raro, El Títere es la excusa perfecta para recordar ese momento juntos.


Esta película de 2007 fue una colaboración entre James Wan en la dirección y Leigh Whannell en el guion —sí, el mismo dúo detrás de Saw y, más adelante, de The Conjuring— pero aquí se alejaron del gore para sumergirse de lleno en el horror gótico y sobrenatural. El resultado es una obra que, para mí, es perfecta dentro del subgénero de terror paranormal.


La historia gira en torno a Jamie Ashen (interpretado por Ryan Kwanten), quien regresa a su pueblo natal tras el asesinato inexplicable de su esposa. Lo único que queda en la escena del crimen es un títere ventrílocuo misterioso. Lo que sigue es una pesadilla que conecta con la leyenda local de Mary Shaw, una ventrílocua que fue asesinada por una turba enfurecida… y que juró venganza más allá de la muerte. Y la cumple.


Dead Silence es todo atmósfera: el uso del silencio como recurso narrativo y de tensión es brillante. Wan demuestra un control absoluto del ritmo, creando momentos que se estiran con un suspenso incómodo, hasta que el susto te golpea con fuerza. El diseño de sonido es una parte vital del terror aquí: hay algo profundamente perturbador en los pasajes donde todo se queda en absoluto silencio, como si el mundo contuviera la respiración antes del horror.


Visualmente, la película es oscura, casi teatral. Los colores fríos, los escenarios antiguos, el uso de la niebla y los títeres gastados dan la sensación de estar viendo un cuento de terror de los de antes, pero con una ejecución moderna. La banda sonora compuesta por Charlie Clouser (también responsable del icónico tema de Saw) es inquietante, pero nunca exagerada.


Y luego está ese giro final. Qué giro. Uno de esos finales que te dejan congelado, que recontextualizan todo lo que viste durante hora y media. No lo vi venir ni por un segundo. Es elegante, trágico, aterrador y absolutamente inolvidable. Ese cierre me dejó con la boca abierta, y más de quince años después, sigue siendo uno de mis finales favoritos en el cine de terror.


Aunque Dead Silence no fue un éxito en taquilla en su momento, y pasó algo desapercibida en comparación con otros trabajos de Wan, hoy tiene el estatus de obra de culto. Es una película que demuestra que el terror no necesita litros de sangre para ser efectivo: basta con un títere, una leyenda, una atmósfera... y mucho, mucho silencio.





jueves, 2 de octubre de 2025

Jason X (2001).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


Cuando se habla de la saga Friday The 13th /  Viernes 13, la mayoría se queda con las primeras entregas —y con justa razón— por su tono serio, rural y casi artesanal, especialmente en las tres primeras películas. Sin embargo, a medida que la franquicia avanzaba, fue inevitable que el tono se tornara más excéntrico, autorreferencial y hasta absurdamente creativo. Y en ese contexto, Jason X es, por decirlo sin rodeos, una joya incomprendida del slasher espacial.


Esta décima entrega (la "X" en el título no solo alude al número romano, indicando que es la parte número 10, sino que también juega con la estética sci-fi del cine B de los 80) se lanza a lo grande: nada menos que enviar a Jason Voorhees al espacio, tras siglos en animación suspendida. ¿Ridículo? Absolutamente. ¿Divertido? Más de lo que muchos quieren admitir.


Estrenada en 2001, la película fue dirigida por James Isaac, colaborador cercano de David Cronenberg (quien incluso tiene un cameo al principio, como un científico que subestima a Jason... mala idea). La historia se sitúa en el año 2455, en una nave espacial tripulada por estudiantes y soldados que descubren el cuerpo congelado del infame asesino. Bastan unos minutos para que el caos se desate: Jason revive, toma su machete y comienza a despachar víctimas con una eficiencia casi artística.


Lo interesante de Jason X es que, aunque no se toma demasiado en serio, nunca cae del todo en la comedia burda. Tiene un tono lúdico, autoconsciente, pero respeta las reglas del slasher: hay gore (muy bien logrado en algunas escenas, como la famosa muerte por nitrógeno líquido), sustos, personajes arquetípicos y hasta una versión “upgradeada” de Jason llamada Uber Jason, que es un delirio biomecánico salido de un cómic o novela pulp fiction.


La dirección es efectiva, el ritmo no decae y aunque el desarrollo de personajes es mínimo —al fin y al cabo, estamos aquí por Jason, no por los dramas humanos—, el elenco logra mantener la atención con carisma y suficiente entrega. Todo es puro entretenimiento de serie B, pero con una producción que, pese a su bajo presupuesto de 11 millones de dólares, luce mejor de lo esperado gracias a efectos prácticos mezclados con CGI primitivo pero simpático.


La película no fue un éxito en taquilla (recaudó apenas 17 millones en todo el mundo), pero con los años ha cultivado un estatus de culto. Es más, muchos fans hoy la prefieren por encima de algunas secuelas más “serias” pero menos memorables. Y ese final, con la pareja romántica observando una estrella fugaz que en realidad es Jason cayendo del cielo hacia un nuevo lago cristalino, es una broma redonda: el ciclo se repetirá, sin importar la época, el lugar o la lógica.


Jason X no es una gran película en términos clásicos, pero sí es una gran experiencia para quienes entendemos el lenguaje del terror que se ríe de sí mismo sin volverse tonto. Es como una historieta pulp fiction que cobra vida, un tributo al slasher que se atreve a mirar las estrellas… con machete en mano.

 






miércoles, 1 de octubre de 2025

Dawn of the Dead / El amanecer de los muertos (2004).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆☆ — Perfecta — 10/10 — No te la pierdas.

Hay remakes que nacen condenados a vivir bajo la sombra de su antecesora, pero Dawn of the Dead / El amanecer de los muertos (2004), dirigida por un entonces debutante Zack Snyder, no solo escapa de ese destino, sino que se impone con personalidad propia. Tomando como punto de partida el clásico de George A. Romero de 1978 —que a su vez era secuela  de Night of the Living Dead / La noche de los muertos vivientes (1968)— esta nueva versión logra una hazaña poco común: actualizar el terror, hacerlo intensamente visual, visceral, y a la vez profundamente humano.

Ambientada en los primeros días de un apocalipsis zombi, sin necesidad de largas explicaciones ni conexiones directas con otras películas, Dawn of the Dead nos lanza de inmediato al caos. Desde su prólogo brutal e imparable, la tensión no da tregua. Cada escena parece diseñada para mantenerte en alerta, como si estuvieras encerrado junto con los protagonistas en ese centro comercial que se convierte en refugio, trampa y microcosmos del colapso social.

Lo más sorprendente es cómo esta cinta, sin necesidad de pretensiones, equilibra la acción desenfrenada con momentos de angustia emocional genuina. El guión, firmado por James Gunn antes de ser el ícono que es hoy, mezcla diálogos cortantes con una dinámica de grupo creíble, y una violencia que, aunque explícita, jamás es gratuita.

Sarah Polley encabeza un elenco que, sin grandes estrellas, entrega actuaciones honestas y efectivas. Ving Rhames aporta la dureza y humanidad necesarias a su personaje, mientras que Jake Weber y Mekhi Phifer suman capas de tensión y tragedia a esta historia de supervivencia.

Visualmente, la película es una locura. Snyder, incluso antes de convertirse en el director de culto que muchos siguen hoy, ya mostraba su amor por el encuadre estilizado, el uso del color y un ritmo que no decae. La fotografía de Matthew F. Leonetti resalta los contrastes entre el caos exterior y la aparente calma interior del centro comercial, mientras que la música de Tyler Bates contribuye con una atmósfera agobiante.

La crítica estuvo dividida, como suele suceder con los remakes, pero el público respondió con entusiasmo: la película recaudó más de 100 millones de dólares a nivel mundial, multiplicando varias veces su modesto presupuesto de 26 millones. Y hoy, con el paso del tiempo, muchos la consideran una de las mejores reinterpretaciones modernas del género.

Para mí, Dawn of the Dead (2004) es una obra maestra del terror moderno. No solo homenajea al cine zombi clásico, sino que reinventa sus reglas con estilo, violencia elegante y emoción auténtica. Es cine de género hecho con inteligencia y arte retorcido... ¡Una maravilla!




miércoles, 24 de septiembre de 2025

Hush / Silencio (2016)



Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆☆ — Perfecta — 10/10 — No te la pierdas.

Hush es uno de los slashers y thrillers psicológicos más geniales que he visto. Y lo digo sin miedo: es perfecta. La tensión no para, el suspenso y la violencia son implacables, y el hecho de que la heroína —una escritora sordomuda— sea la víctima principal le da un toque más brutal, más perverso, más maldito a toda la atmósfera. Me recordó de inmediato a Wait Until Dark (1967), aquel clásico con Audrey Hepburn como una mujer ciega enfrentando a un psicópata. Pero Hush lleva esa premisa al siglo XXI con una crudeza que no pide permiso.

Dirigida y editada por Mike Flanagan —sí, el mismo de Gerald’s Game, Doctor Sleep y Midnight Mass—, esta película es una clase magistral de cómo hacer terror con pocos elementos y mucha inteligencia. Flanagan coescribió el guion junto a Kate Siegel, quien además interpreta a Maddie Young, la protagonista. Y aquí hay que hacer una pausa: Siegel no solo actúa, sino que encarna con una entrega feroz a una mujer que ha perdido el habla y la audición tras una meningitis infantil, y que ahora vive aislada en una cabaña en el bosque, tratando de escribir su próxima novela. Su personaje no es una víctima pasiva, sino una guerrera silenciosa que se enfrenta al horror con ingenio y coraje.

La película dura apenas 81 minutos, pero cada uno está cargado de tensión. El asesino —interpretado por John Gallagher Jr.— aparece primero como una figura enmascarada con una ballesta, pero luego, en un giro brillante, se quita la máscara y revela su rostro: el típico “chico de al lado”, con cara amable, casi angelical. Y eso lo hace aún más aterrador. Porque no necesita gruñir ni gritar para transmitir maldad. Su silencio, sus gestos, su mirada, lo dicen todo. Gallagher Jr., que venía de 10 Cloverfield Lane y The Newsroom, demuestra aquí que puede ser tan encantador como sádico, y eso es un combo que da escalofríos.

La fotografía de James Kniest —colaborador habitual de Flanagan— aprovecha al máximo los espacios cerrados, los reflejos, las sombras. El diseño sonoro, a cargo de The Newton Brothers, juega con el contraste entre el silencio de Maddie y los ruidos del entorno, creando una experiencia sensorial que te mete en su piel. Y eso es lo que hace que Hush no sea solo un slasher más: es una inmersión en el miedo desde la perspectiva de alguien que no puede gritar, ni oír, ni pedir ayuda.

La película fue producida por Blumhouse Productions e Intrepid Pictures, con un presupuesto modesto de apenas 1 millón de dólares. Se estrenó en el festival SXSW en marzo de 2016 y luego fue distribuida por Netflix en abril del mismo año. Aunque no tuvo taquilla tradicional, su impacto fue inmediato: se convirtió en un fenómeno de culto entre los fans del terror inteligente. Fue tan influyente que inspiró dos remakes en India: Khamoshi (2019) en hindi y Kolaiyuthir Kaalam (2019) en tamil.

Hush es una joya del terror moderno. Minimalista, brutal, emocional. Una película que demuestra que no se necesita un ejército de efectos especiales ni litros de sangre para provocar miedo real. Solo se necesita una buena historia, una protagonista que te importe, y un villano que te haga dudar de todos los rostros amables que ves en la calle.

Y sí, ese rostro de “chico de al lado” aunque un tanto malicioso que esconde un asesino sin alma… eso es lo que me perseguirá por mucho tiempo.


 

  














domingo, 21 de septiembre de 2025

Flight of the Intruder / El vuelo del intruso / Vuelo a la gloria (1991).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


Muy buen filme, entretenido aún con pocas escenas épicas. Ambientado en la guerra de Vietnam, Flight of the Intruder mezcla acción militar, dilemas morales y ese aire de película noventera que se respira entre la pólvora, los aviones A-6 Intruder de la Marina de los EE.UU. y un elenco sólido encabezado por uno de mis favoritos: Brad Johnson. Y cuando digo “favorito”, no lo digo a la ligera. Johnson tenía ese tipo de presencia que no se aprende en la escuela de actuación: era puro magnetismo, pura esencia americana, con ese aire de vaquero que no necesitaba gritar para imponer respeto.

Brad Johnson, nacido en Tucson, Arizona, fue rodeo cowboy antes que actor, y eso se nota en cada plano donde aparece. Su carrera comenzó como Marlboro Man, y luego saltó al cine con Spielberg en Always (1989), donde ya mostraba ese temple de héroe clásico. En Flight of the Intruder interpreta al teniente Jake “Cool Hand” Grafton, un piloto frustrado por las restricciones militares. Su interpretación no sorprende por profundidad actoral —como ya es costumbre—, pero su carisma físico, su presencia en pantalla y su rol de héroe con códigos hacen que lo creas. No era un actor de matices psicológicos, pero sí de convicciones. Y eso, en una película de guerra, vale oro.

Brad murió en 2022, a los 62 años, por complicaciones de COVID-19. Cuando me enteré, me dolió más de lo que esperaba. Porque él no era solo un actor más en mi memoria cinéfila: era parte de esa generación que me enseñó que el cine también podía ser físico, directo, sin pretensiones. Un tipo que brilló en películas como Philadelphia Experiment II, The Birds II, y sobre todo en la saga cristiana de películas post apocalípticas Left Behind, donde interpretó a Rayford Steele, un piloto atrapado en el Apocalipsis. Sí, hasta en el fin del mundo Brad era piloto. Coherencia ante todo.

A su lado, Willem Dafoe como el bombardero compañero (Cole) añade fuerza moral. Dafoe, que venía de Platoon y la demasiado controversial The Last Temptation of Christ, tiene esa mirada de hombre que ha visto mucho. Su carrera es una montaña rusa de papeles extremos, desde el Cristo torturado de Scorsese hasta el Duende Verde en Spider-Man de los 2000s. Y en esta película, aunque no está en su zona más incómoda, sí aporta esa intensidad que lo caracteriza.

Danny Glover, por su parte, interpreta al comandante Frank Camparelli. Glover ya era leyenda por entonces, gracias a Lethal Weapon y The Color Purple (otra del fabuloso Spielberg). Actor comprometido con causas sociales, activista y voz política, Glover siempre ha sabido combinar autoridad con humanidad. Aquí, su papel es más funcional, pero su sola presencia le da peso a cada escena de mando.

Y luego está Rosanna Arquette, que aparece como Callie, el interés romántico de Johnson. Arquette, que venía de Desperately Seeking Susan con Madonna y luego en 1994 apareceria en la maravillosa Pulp Fiction, siempre ha tenido ese aire de mujer libre, intensa, medio bohemia. Pero en Flight of the Intruder su personaje queda a medias. ¿Se quedó simplemente como interés romántico? Porque no la vi reaparecer al final —lo cual deja ese sabor de “qué pudo ser”. Aun así, su presencia aporta una pausa emocional bienvenida, como si la película nos recordara que incluso en medio de la guerra, hay espacio para el deseo, el amor y para la conexión humana.

La película fue dirigida por John Milius, basada en la novela homónima de Stephen Coonts, escritor que ya venía del género de aviación militar con detalles bien documentados. El guion se comparte entre Coonts, Robert Dillon y David Shaber. Se filmó con cámaras Panavision, con formato de negativo en 35 mm, apoyada por un laboratorio de Technicolor en Hollywood, lo que le da ese look visual amplio (relación de aspecto de 2.39:1) y cinematográfico tipo widescreen. Duración de 115 minutos.

El sonido es Dolby SR, se usaron formatos de película reales para escenas de vuelo, aviones reales o colaboración militar para escenas aéreas. Todos esos elementos técnicos le dan peso a la acción, aunque no siempre lo compensan el guion.

En cuanto a lo comercial, Flight of the Intruder fue un fracaso al corto plazo. Tuvo un presupuesto estimado de $35 millones, pero recaudó en Estados Unidos y Canadá alrededor de $14.5 millones. Su taquilla inicial el primer fin de semana fue de unos $5.7 millones en casi 1,500 salas, lo que la ubicó como la cuarta película más vista en ese momento, pero no logró recuperarse completamente.

Las críticas fueron mixtas a negativas: señalando fallas de guion, continuidad y desarrollo de personajes, aunque muchos elogian la acción aérea y la estética visual. Mi querido y difunto Roger Ebert (amé y aún amo a ese crítico de cine estadounidense que sin saberlo fue uno de mis mentores en esto de las reseñas) lo describió como una película que tiene momentos muy buenos al inicio —la tensión en cubierta de portaviones, el dramatismo moral—, pero que se deshilacha hacia el final con clichés que le restan claridad.

Flight of the Intruder me pareció muy buena aunque no excelente. Tiene una premisa poco usada —la iniciativa de soldados rebeldes fuera de las reglas militares en una guerra importante— que impresiona al inicio, no solo por el guion también por las escenas épicas, pero luego la película tropieza al intentar abarcar muchas ideas: el drama, la traición, la culpa, la amistad y la crítica al mando militar. Muy ambiciosa, quizá demasiado.

Pero donde falla en profundidad de personajes, gana en tensión visual, en emoción aérea, en escenas de vuelo que cortan el aliento. Y ese final —sorpresivo y al mismo tiempo emotivo— me dejó satisfecho, con esa sensación de “vale la pena haberla visto”.

Y sí, Brad Johnson, dondequiera que estés, gracias por esos momentos de cine honesto, directo, sin adornos. Porque a veces, lo que uno necesita no es un actor que te rompa el alma, sino uno que te recuerde que aún hay héroes que no necesitan gritar para ser escuchados.