Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico):
☆☆☆☆ — Perfecta — 10/10 — No te la pierdas.
Hay series que llegan a tu vida casi por accidente, en horarios improbables, sin campañas de marketing ni estatus de “evento cultural”, y aun así te marcan para siempre. Baby Boom fue exactamente eso para mí: una pequeña revelación televisiva que me dejó con la boca abierta, me enterneció profundamente y me hizo reír en cantidades industriales.
Baby Boom es una joya feminista un tanto discreta en produccion de fines de los 80s que mereció más amor. Una joya olvidada que vale la pena redescubrir. La vi en plena adolescencia, a mediados y finales de los 90, en Panamá, en esos horarios nocturnos que parecían reservados para “relleno” de programación. Baby Boom se emitía cerca de la medianoche, dos veces por semana, muy al estilo de Dream On: lunes a sábado, pero especialmente viernes y sábados, cuando uno podía permitirse desvelarse sin culpa. Ese contexto la convirtió, sin proponérselo, en una serie íntima, casi secreta, descubierta solo por quienes estaban despiertos cuando el resto del mundo dormía.
Y qué descubrimiento fue.
Emitida por ABC entre 1988 y 1989, basada en la exitosa película de 1987 del mismo nombre. La serie sigue a J.C. Wiatt, una ejecutiva publicitaria brillante, perfeccionista y acostumbrada a dominar el mundo corporativo, cuya vida da un giro radical cuando hereda inesperadamente a una bebé, obligándola a replantearse prioridades, ambiciones y su lugar en una sociedad diseñada para que las mujeres no “puedan tenerlo todo”. Protagonizada por Kate Jackson, la serie contó también con un sólido elenco secundario y fue desarrollada por Steven Cragg y Brian Bradley, con producción de United Artists Television, manteniendo el equilibrio entre comedia, ternura y comentario social. Aunque solo tuvo una temporada, Baby Boom destacó por su mirada inteligente sobre la maternidad, el trabajo y el sexismo cotidiano, apostando por personajes femeninos complejos en una época en la que la televisión aún dudaba en darles ese espacio.
Protagonizada por Kate Jackson, ya una figura icónica gracias a Charlie’s Angels, Baby Boom tomaba como punto de partida la película homónima de 1987, pero lograba algo aún más interesante en formato televisivo: desarrollar con calma, humor y mucha humanidad el conflicto entre maternidad, carrera profesional y un mundo corporativo profundamente sexista.
Pero lo que realmente me impactó —y lo entendí incluso siendo adolescente— fue que Baby Boom era feminista sin pancarta, sin discursos forzados ni consignas vacías. Era un feminismo orgánico, cotidiano, contundente, que se expresaba en gestos, diálogos y decisiones, no en sermones. Un feminismo que no necesitaba gritar para hacerse sentir.
Recuerdo con absoluta nitidez una escena que se me quedó grabada para siempre. Kate Jackson, su personaje, interactúa con una mujer de clase alta en un club. La otra mujer, condescendiente, le dice algo como:
—“Es que hombres y mujeres no somos iguales.”
Kate se levanta, la mira con frialdad, con una firmeza tan precisa, y responde:
—“No. Usted y yo no somos iguales.”
Y se va. La deja con la palabra en la boca.
Ese momento fue una epifanía. No solo por la escena en sí, sino por lo que representaba. Yo, un adolescente en los 90, en un mundo todavía brutalmente más machista que el actual, entendí ahí que no estaba solo, que no era una rareza pensar que la igualdad no pasa por negar diferencias, sino por rechazar jerarquías injustas. Baby Boom fue, sin proponérselo, una aliada silenciosa.
La serie se emitió entre 1988 y 1989, tuvo solo dos temporadas, y nunca alcanzó gran fama en la cultura pop. Quizás llegó demasiado temprano. Quizás era demasiado inteligente, demasiado honesta, demasiado poco cínica. Pero hoy, vista con distancia, resulta sorprendentemente vigente. Sus temas —la presión sobre las mujeres, el juicio social, la falsa idea de “tenerlo todo”— siguen resonando con fuerza.
Kate Jackson estaba magnífica: carismática, firme, vulnerable cuando hacía falta, sin convertir a su personaje en una caricatura ni en una heroína idealizada. Era una mujer real, navegando un sistema injusto, sin perder dignidad ni humor. Y eso, en televisión, es oro puro.
Baby Boom fue una joya que pasó desapercibida, una serie pequeña pero valiente, que no buscó ser tendencia ni escándalo, pero que dejó huella en quienes la vimos. Para mí, fue una confirmación temprana de algo que aún defiendo: el feminismo no es misándrico, no es una guerra de sexos, sino una búsqueda de justicia y equidad. Y esta serie lo entendía perfectamente.
Si con Dream On me sentí identificado al punto de pensar “ese seré yo a los 30 años”, con Baby Boom me ocurrió algo complementario y revelador: me dije a mí mismo “ese es el tipo de mujer con la que me gustaría tener una relación amorosa a los 30”. Y, curiosamente, el tiempo hizo su parte: en muchos sentidos terminé convirtiéndome en ese hombre introspectivo, un tanto hipersexual y soñador de Dream On, mientras que la mujer de Baby Boom nunca llegó a cruzarse en mi camino. Aun así, lejos de sentirlo como una ausencia, me reconforta profundamente saber que ambos tipos de seres humanos existen, que se reconocen, que se buscan y que, cuando el mundo no se empeña en invisibilizarlos, se encuentran y se hacen visibles. Esa coexistencia —tan rara como necesaria— es quizá una de las herencias más hermosas que estas series dejaron en mí.
Hoy recuerdo a la serie Baby Boom con enorme cariño, como parte de esas noches adolescentes frente al televisor, descubriendo que la televisión también podía ser inteligente, tierna y profundamente humana.
Baby Boom no fue solo una sitcom: fue una compañera silenciosa que, sin saberlo, me ayudó a formar una mirada más justa sobre el mundo. Es una joya olvidada por la mayoría. Una serie necesaria. Y absolutamente inolvidable.
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