Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico):
☆☆☆☆ — Perfecta — 10/10 — No te la pierdas.
Y en mi adolescencia exactamente a mediados de los 90s en Panamá, Sigue soñando fue como encontrar un tesoro inesperado en la parrilla televisiva. La daban dos veces por semana, cerca de las 11 de la noche, y yo solo podía verla los viernes, cuando al día siguiente no había clases y podía desvelarme. Esa rutina nocturna se convirtió en un ritual: encender la tele, escuchar la música de apertura y sumergirme en las desventuras de Martin Tupper, un hombre marcado por la televisión desde niño.
Lo curioso es que nunca me fijé en el nombre del actor, pero me sentía 100% identificado con su personaje. “Dios mío, ese soy yo, así seré a los 30 años”, pensaba. No me refería a lo externo, sino a su interior: un tipo soñador, medio nerd pero atractivo, medio introvertido, nada problemático, cuya forma de relacionarse con amigos y posibles parejas estaba atravesada por las imágenes televisivas que lo habían inspirado. Y tenía situaciones y escenas bastante sexys además. Era como ver mi propio reflejo en pantalla, y eso lo hacía absolutamente inspirador.
La serie fue creada por Marta Kauffman y David Crane, quienes más tarde darían vida a Friends. Se emitió en HBO entre 1990 y 1996, con 6 temporadas y 120 episodios*. Su protagonista, Brian Benben, interpretaba a Martin Tupper, un editor de libros divorciado que intentaba rehacer su vida en Nueva York mientras criaba a su hijo adolescente (Chris Demetral).
Lo innovador de Dream On era su recurso narrativo: los pensamientos y emociones de Martin se ilustraban con clips de viejas películas y programas de televisión reales en blanco y negro, o a colores, reflejando cómo la cultura televisiva había moldeado su visión del mundo. Esa mezcla de sitcom y collage audiovisual le daba un tono único, entre nostálgico y satírico.
La dirección estuvo a cargo de nombres como John Landis, Betty Thomas y Arlene Sanford, y la música fue compuesta por Michael Skloff. Con formato de 30 minutos y cámara única, la serie se distinguía por su estilo adulto, con diálogos más atrevidos y situaciones que HBO podía mostrar sin censura, aunque en retransmisiones por cadenas abiertas se editaban escenas para suavizar el contenido.
Y aunque nunca alcanzó la fama masiva de otras sitcoms, Dream On fue muy influyente. Ganó un Premio CableACE y fue nominada a varios Emmy, destacando por su originalidad y por ser una de las primeras comedias de HBO en marcar el camino hacia producciones más arriesgadas. Su rating se mantuvo sólido en cable y, en mercados internacionales como Centroamérica, se convirtió en “relleno nocturno” que sorprendía por su calidad.
Hoy se recuerda como una joya escondida, un experimento televisivo que mezclaba humor, introspección y cultura pop. Para quienes la vimos en reposiciones, fue más que entretenimiento: fue un espejo de nuestras propias vidas marcadas por la televisión.
Sigue soñando fue para mí absolutamente inspiradora. Sin duda una joya escondida, entrañable y profundamente identificable. No era solo una sitcom: era un recordatorio de cómo la televisión y el cine pueden moldear identidades, sueños y relaciones. Para mí, verla en esas noches adolescentes fue como encontrar un aliado en pantalla, alguien que me decía que ser soñador, introvertido, con una fuerte vena erótica y marcado por la cultura televisiva no era un defecto, sino una forma de vida.
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