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sábado, 22 de noviembre de 2025

Restricted Area / Área Restringida (2019).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 
☆☆☆ — Buena — 8/10 — Digna de ver.


Hay algo curioso que me pasó hace unos días en Instagram: una página especializada en cine —de esas que se creen la Embajada Mundial de la Opinión Correcta™— publicó un par de posts donde, muy sofisticadamente pero igual de directo que un portazo, básicamente decían que, si no has trabajado en una película no tienes derecho a opinar sobre ella. Y que la crítica de cine “no sirve” porque suele basarse en gustos personales y no en objetividad.


Lo leí… y me quedé pensando.


Porque en mi caso —y en este blog— yo SIEMPRE he dicho que no soy crítico profesional, solo un fan armado con teclado y demasiadas horas de cine encima. Aun así, aquí tengo reseñadas películas que la crítica especializada ha despedazado como si fueran pecado capital… y para mí van desde “buenas” hasta “excelentes”. Incluso hay un par que considero perfectas y que el mundo califica de mediocres sin piedad.


Entonces esas publicaciones en Instagram me dejaron las dudas:
¿Se referían a “ignorantes felices” como yo, que amamos películas imperfectas?
¿O se referían a los críticos profesionales que desprecian cualquier filme popular solo porque no ganó Oscars?


Filosofé un rato, pero no comenté nada —para qué, si esas páginas nunca responden y uno queda haciendo el ridículo—. Pero traigo todo esto a colación porque, una vez más, voy a defender una película que estoy seguro la crítica especializada considera mala. Y lo entiendo: Restricted Area tiene carencias técnicas, diálogos que a veces parecen escritos durante una desvelada y un evidente afán de ser rentable más que artística.


Pero… me gustó. Bastante.


Estoy hablando de Restricted Area / Área Restringida (2019) una producción bastante modesta, hecha para video y streaming, dirigida por Christopher Don(un joven productor, director y escritor de cine de serie B). Y como buen artesano del cine B con saber que hacer entre monstruos de goma, explosiones baratas y thrillers económicos, Christopher Don entrega exactamente lo que promete: terror, thriller de horror y supervivencia sin pretensiones, con ese sabor casero que solo el low-budget bien intencionado puede lograr.


La película presenta a un grupo de hombres jóvenes que, despues de ser despedidos de la fabrica de su pueblo, entran en un área de cabañas abandonada donde opera una secta psicótica de asesinos ecologicos. ¿Original? No mucho. ¿Efectiva? Sí. Porque Don usa la escasez de presupuesto como excusa para encerrar a todos en un ambiente claustrofóbico que mezcla campos rurales de las afueras del pueblo, cabañas, gente amenazante de un culto con y sin mascaras y oscuridad… y allí, entre sombras e incertidumbre, empieza la cacería.


El reparto —Paige Lindsay BettsShawn C. Phillips, Andre BotelloRobert DonRandy Wayne— no es precisamente Hollywood, pero cumplen su función con entrega: gritos, correr, sufrir, morir, repetir. Lo típico del subgénero, sí, pero se sienten comprometidos, como si estuvieran felices de hacer cine aunque sea con dólares contados. Y eso… se agradece.


Técnicamente, la película tiene fallas: iluminación irregular, actuaciones que por ratos parecen ensayo, música que invade demasiado, efectos prácticos limitados. Pero aquí viene lo mejor: en medio de todo ese caos, hay una energía pulp fiction encantadora. Se nota el amor por el cine de videoclub, por esas cintas que antes alquilábamos sin saber nada y que terminaban siendo pequeñas sorpresas sangrientas.


La historia avanza rápido, sin rodeos, aunque con notable torpeza a veces, al mejor estilo de  (Ed Wood). No intenta parecer más profunda de lo que es. Y eso —para mí— ya la pone varios pasos adelante de producciones “serias” que se tropiezan intentando ser filosóficas.


Sobre taquilla… bueno, Restricted Area prácticamente por lo que averigue en internet parece que no tuvo estreno comercial en cines, como la mayoría de las producciones de este tipo; su recorrido fue y ha sido en VOD, streaming y venta digital. Pero las cifras no determinan el valor emocional de una película. A veces el cine barato entretiene más que el cine caro, y esta es una muestra.


Así que sí: tal vez soy “ese tipo de ignorante” del que hablaban en Instagram, el que goza una película que ellos descartarían en tres segundos, o que le desagradaria otra que ellos elevan a niveles muy artisticos. Pero ¿sabés qué? Prefiero seguir ignorante, feliz y maratoneando películas como esta.


Porque Restricted Area, con todos sus defectos, me entretuvo todo el tiempo. Me atrapó. Me dio lo que buscaba: sustos, tensión ligera, violencia artesanal y un final que, aunque impredecible pero simplón, funciona. Sin duda recomendada para amantes del terror serie B que no necesitan efectos de millones para pasarla bien.


Y te voy a decir algo que todavía no entiendo del todo: ¿por qué me gustó esta película mas de lo que pensé cuando supe de ella? Porque, siendo sinceros, Restricted Area es lo que es —una producción muy modesta, con fallas técnicas de novato que tampoco son la muerte— y aun así tiene una vibra rara, una fuerza peculiar en la dirección y esa premisa de secta eco-terrorista slasher que simplemente funciona más de lo que debería. Y aquí va mi otro misterio personal: el actor Randy Wayne, que en esta película aparece casi como secundario-extra, se roba cada escena donde aparece. Fue la única actuación que realmente me encantó, y gracias a este filme me volví fan suyo… sí, y de su participación en una película que nadie parece que defendía. Y actualmente Wayne es un actor con prestigio en películas independientes más serias aunque dentro de lo comercial siempre.


Pero lo más divertido: todavía no entiendo por qué Robert Don, el notablemente guapo y atlético hermano del director y ex militar y ex modelo, y que es uno de los protagonistas, NO aparece su nombre en los afiches recientes del filme en internet¡pero el nombre de Randy Wayne sí! ¡Como si Wayne fuera protagonista! Qué descaro tan delicioso y mercantilista, jajajaja. Tenía que ser una jugada digna de un director serie B de Estados Unidos. Astucia de videoclub clásico, y yo feliz cayendo redondo.


Y si a alguien no le parece válida mi opiniónni modoEste blog siempre ha sido para disfrutar o no del cine, no para pedir permiso para hacerlo.



Enlace a avance/trailer de Restricted Area (2019).









miércoles, 19 de noviembre de 2025

The Remains of the Day / Lo que queda del día (1993).

 Mi puntuación como fan del cine, no experto crítico:
 ☆☆☆☆ ----- Excelente -----10/10) ------ No te la pierdas.


Fue en televisión que vi esta película, The Remains of the Day / Lo que queda del día (1993), sin tener idea de qué trataba. Era allá por 1995, yo tenía 17 años y ya llevaba 1 año y pico con mi cinefilia, esa fiebre que empezó en 1994 en plena epoca de premios Oscars de ese año con Pulp Fiction (1994) (sí, como muchos de mi generación).  El asunto es que aquella tarde de sábado, por pura casualidad, no cambié de canal… y menos mal. Porque lo que vino después me dejó clavado frente a la pantalla. Fue tan genial, tan diferente, que todavía lo recuerdo como el primer drama que me pareció excelente. Antes de eso, solo el terror, el suspenso, la acción y la aventura lograban encantarme; las películas “de drama” me parecían lentas, tristes, casi un castigo. Pero después de Pulp Fiction comencé a abrirme a otros mundos, y The Remains of the Day me lo confirmó: el cine es mucho más que explosiones o sustos. El cine es emoción pura, aunque esté envuelta en silencio.


Dirigida por James Ivory, con guion de Ruth Prawer Jhabvala a partir de la novela de Kazuo Ishiguro, esta joya británica de 1993 fue una de esas obras que redefinen lo que entendemos por sutileza. Ivory, que ya nos había regalado A Room with a View y Howards End, crea aquí una obra contenida, elegante, emocionalmente demoledora. Y con un elenco que parece cincelado por los dioses del cine: Anthony Hopkins, Emma Thompson, James Fox y, para sorpresa mía en aquel momento, Christopher Reeve, el mismísimo Superman de los setenta y ochenta, en un papel lleno de humanidad y luz.


Recuerdo que al inicio me llamó la atención ver a dos protagonistas “maduros” o "viejos" —para mí, un muchacho de 17 años— viviendo una especie de flirteo contenido, lleno de miradas y silencios. Hopkins es el mayordomo Stevens, un hombre cuya vida entera gira en torno a la perfección del deber. Su rostro es una muralla emocional, un templo del autocontrol. Pero, claro, hasta las murallas se agrietan cuando aparece Emma Thompson como Miss Kenton, esa mujer sensible, firme y tierna, que con cada gesto parece decirle: “vive un poco, por Dios”. Desde sus primeras interacciones se siente una tensión preciosa, un amor que no se atreven a pronunciar ni por su nombre, pero que late debajo de cada taza de té y cada conversación de pasillo.


Y qué decir del tono. Esa melancolía inglesa que te abraza despacito, sin gritar, pero te deja temblando al final. Cuando llegué a los últimos minutos de la película, con esa sensación de “lo que pudo haber sido”, juro que casi lloré. Pero no como esos llantos hechos por sentimentalismos fáciles que buscan manipularte; no, aquí todo es digno, sereno, profundamente humano. Es como si Ivory y su equipo —con la fotografía impecable de Tony Pierce-Roberts y la música sutil de Richard Robbins— hubieran querido recordarnos que la emoción más fuerte es la que se contiene. Que los sentimientos más grandes se dicen, a veces, con un simple “buenas noches”.


Y sí, The Remains of the Day me dio una lección de vida: cómo uno puede dejar pasar increíbles oportunidades solo por complacer a otros, por mantener el “deber”, por miedo a romper las reglas invisibles de la corrección. Stevens es el retrato de ese sacrificio silencioso: un hombre que sirvió tan bien a los demás que se olvidó de servirse a sí mismo. Verlo al final, enfrentado a su propio vacío, es doloroso y hermoso a la vez.


Christopher Reeve, en su breve pero luminosa participación, aporta un soplo de optimismo, una especie de antídoto a la rigidez británica del resto del elenco. Es como si el Superman de mi infancia hubiera bajado al mundo de la contención para recordarnos que todavía hay esperanza, incluso entre tanto silencio.


Y los datos, claro, confirman su altura como filme: la película dura 134 minutos, fue clasificada PG en Estados Unidos (sí, ni una gota de escándalo, solo pura emoción), y con un presupuesto de unos 15 millones de dólares, recaudó más de 63 millones en todo el mundo. Un éxito modesto pero sólido para un drama sin trucos, solo con verdad. Hopkins y Thompson fueron nominados al Óscar —junto con la película, el director y el guion— y no ganaron, pero qué importa: el tiempo les dio la razón: es un peliculón ganador.


Recuerdo que, al terminarla, me quedé en silencio. No quería ni cambiar de canal. Sentía una especie de gratitud junto con una muy peculiar impresión, como si acabara de presenciar algo que me había transformado sin darme cuenta. Y sí, puede sonar exagerado, pero a los 17 años uno siente así: todo es descubrimiento y de alto impacto muchas veces. ese día descubrí que el cine puede ser quieto y, aun así, estremecedor. Que el amor puede existir sin beso, sin cama, sin declaración. Y que a veces el mayor dolor está en lo no dicho y en lo que dejas ir en detrimento tuyo.


Así que si nunca has visto The Remains of the Day, no esperes explosiones ni giros. Espera silencios. Espera miradas. Espera humanidad. Porque esta película no solo se ve, se siente. Y lo que deja atrás —lo que queda del día— es justo eso: una luz suave que sigue encendida, mucho tiempo después de que la pantalla se apaga.











domingo, 9 de noviembre de 2025

The Scarlet Letter / La letra escarlata (1995).

Mi puntuación como fan del cine, no experto crítico:
 ☆☆☆☆ ----- Excelente -----10/10) ------ No te la pierdas.


Wow! Este fue el segundo drama romántico que me encantó durante mi adolescencia y a inicios de mi vida como cinéfilo —el otro es The Remains of the Day (Lo que queda del día, 1993), que otro día reseñaré—. The Scarlet Letter (La letra escarlata, 1995) se siente como una versión ligera, casi pulp-romántica, de la historia original de Nathaniel Hawthorne. Claro, adaptar una novela tan profunda y crítica al formato cinematográfico es un desafío, y más cuando se trata de un relato de puritanismo, culpa y deseo. Pero esta película, dirigida por Roland Joffé (sí, el mismo genio detrás de The Killing Fields), me atrapó desde el momento en que Demi Moore, en plena convicción de su personaje, pronuncia ese “Yo puedo hablar con Dios” mientras las cuáqueras la miran con terror, como si acabara de invocar a Satán. En ese instante supe que sería sensacional. Y lo fue.


Demi Moore interpreta a Hester Prynne con una mezcla electrizante de rebeldía, ternura y belleza salvaje. Es imposible no enamorarse de ella. En su mirada hay una especie de desafío sensual al sistema, una fuerza interior que trasciende el corsé y la culpa. Cuando llega esa escena del baño —con un pajarito rojo observando, casi como cómplice— y la joven esclava la contempla en secreto a través de una rendija, mientras Hester se desnuda y se ve al espejo antes de sumergirse en la bañera… ¡cuánto simbolismo sutil! Una escena que destila lujuria contenida, feminidad y libertad, con una insinuación de deseo lésbico femenino apenas perceptible, pero tan dulce y humana que sorprende pensar que esto se filmó en 1995. Wow.


Y también esta él: Gary Oldman. Qué actor. Qué presencia. Qué mirada capaz de derretir al mismísimo puritanismo de Nueva Inglaterra. Su reverendo Arthur Dimmesdale es un hombre dividido entre la fe y la carne, entre la salvación y el infierno del deseo. Y sí, además de su inmenso talento actoral, también demuestra que tiene un físico más que digno de elogio. Aún recuerdo la sorpresa  al descubrir que, además de un rostro expresivo y una voz que podría redimir pecados, Oldman tenía muy buenas nalgas. Nunca lo imagine. Lo digo sin pudor ni ironía: el cine también es cuerpo, y aquí el cuerpo se vuelve poético.


La escena de sexo entre Demi y Gary es, de hecho, uno de los momentos más bellos y atrevidos del cine romántico de los noventa. Explícita pero no pornográfica, ardiente pero siempre dulce. Todo se siente tan romántico y a la vez tan inevitable, que uno termina convencido de que el amor —incluso en medio de la represión puritana— puede ser un acto sagrado. Y pensar que en Panamá, donde la vi a los 16 años, la clasificaron como PG-13, cuando en Estados Unidos era R. Tal vez fue un error de la censura panameña o quizá eran más liberales allá… pero bendita sea esa confusión, porque gracias a ella pude ver esta joya sin remordimientos.


Claro, The Scarlet Letter no es perfecta. Tiene sus excesos melodramáticos y un guion (de Douglas Day Stewart) que se toma más libertades con el texto original de Hawthorne que un amante con su amada en plena noche en un resort de playa. Pero qué importa. Roland Joffé logra que todo fluya con una mezcla de pasión y solemnidad que me encanta. Y aunque la crítica de la época la destrozó — y fue un fracaso de taquilla, recaudando apenas unos 10 millones de dólares en Estados Unidos frente a un presupuesto de casi 50 millones—, para mí es una película que vibra, que respira, que se atreve a sentir.


Robert Duvall completa el triángulo interpretativo como el vengativo Roger Chillingworth, un personaje que aporta ese toque de oscuridad moral tan necesario. Pero en el fondo, La letra escarlata es el duelo entre Moore y Oldman: dos actores en su plenitud, entregados a la pasión y a la tragedia, recordándonos que el amor, incluso cuando es pecado, puede ser una forma de redención.


Y sí, admito que el final feliz podría parecer una herejía dentro del contexto histórico: en la vida real, muy pocos —o ninguno— como Hester y Arthur lograban vencer al status quo cristiano-puritano imperante. Pero qué importa. El cine también está para darnos lo que la historia nos niega.


En resumen: The Scarlet Letter (1995) es una película que me marcó no solo por su erotismo romántico ni por la belleza e intesidad de Demi Moore y de de Gary Oldman, sino por lo que me hizo sentir. Y no hablo de lujuria, sino de amor. Amor por el cine, por la humanidad y por esos momentos donde la pasión y la fe se funden en una misma llama.










viernes, 31 de octubre de 2025

X-Ray / Hospital Massacre / Rayos X (1981).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


Sorprendentemente terrorífica —y deliciosa en su baratísima estética de serie B—, X-Ray es una joya escondida del catálogo de The Cannon Group, esa legendaria fábrica de cine comercial ochentero donde todo era posible: ninjas, venganzas, erotismo, y claro, hospitales donde un psicópata con bata médica acecha con bisturí en mano.


La dirigió Boaz Davidson, el mismo que años antes había hecho la comedia adolescente The Last American Virgin (esa donde el drama hormonal se toma más en serio que Shakespeare). Pero aquí Davidson se pone quirúrgico, literal y figuradamente. Con guion coescrito junto al novelista Marc Behm, el resultado es un slasher de hospital: quirófanos desiertos, pasillos eternos, luces parpadeantes y un aire de pesadilla.


La trama es simple y maravillosa: Susan Jeremy (la bellísima Barbi Benton, exmodelo de Playboy y reina de la televisión setentera) llega a hacerse un chequeo médico rutinario y, sorpresa, el hospital resulta estar lleno de personal rarísimo y cadáveres. Todo mientras un asesino la vigila con obsesión quirúrgica y asesina.


Desde los primeros minutos —con todas esas escenas iniciales tan “falsa alarma” típicas del pulp horror— el filme deja claro su tono: humor negro involuntario, sustos efectistas, erotismo ligero y violencia estilizada. El rodaje se llevó a cabo en locación de hospital real (el Hollywood Presbyterian Medical Center en Los Ángeles), lo que añade un grado de autenticidad a la ambientación: pasillos largos, luces parpadeantes, niebla de “fumigación” que cubre el noveno piso… Esos detalles refuerzan la atmósfera onírica-pesadillezca. 


Davidson sabe jugar con el “susto que no es susto”: te tensa, te relaja, te vuelve a asustar.con un entorno inusitado para el slasher: un hospital con apariencia de estar casi desierto y quirófanos que generan claustrofobia.


Si bien se ha indicado que la película data de 1981, su estreno en EE.UU. fue despues, en abril de 1982 bajo el título Hospital Massacre. No hay datos fidedignos de taquilla — lo cual no es raro para producciones de este tipo y época — lo que sugiere que su rendimiento fue modesto, sin grandes giras internacionales ni impacto masivo, más bien se instaló en el circuito de cine de explotación y VHS posterior. Encontró su segunda vida en VHS y maratones de medianoche.


La película fue producida por los infames y prolíficos productores israelíes Menahem Golan y Yoram Globus bajo la bandera de Cannon / Golan-Globus, sello que en esos años experimentaba con todo tipo de géneros low-budget para captar público rápido.


En cuanto a calidad artística hablando con honestidad: la cinta tiene sus altibajos pero encaja perfectamente con lo que menciono al inicio. Los jump-scares o “falsa alarma” funcionan: el espectador cree que viene el asesinato, se tensa, y de pronto… nada, sólo una sombra moviéndose, un ebrio comiendo… y así sucesivamente. La ambientación hospitalaria aporta una sensación de aislamiento — estamos dentro de una institución supuestamente segura, y sin embargo todo allí está mal: ascensores que no funcionan, personal extraño, quirófanos cerrados, cadáveres que surgen de la nada — lo que le da al filme esa mezcla de pulp y terror que mencioné. Algunos críticos lo han analizado desde la óptica del “medical gaze” (la mirada médica) y cómo la protagonista es más objeto de observación que de acción, lo que en el fondo añade una capa más profunda a este entretenimiento gore/slasher


X-Ray no busca reinventar el terror; busca divertirse con él. Y lo logra. Tiene escenas gloriosamente absurdas (esa caja con la cabeza decapitada, por favor) y momentos de delirio que rozan lo surreal. La atmósfera hospitalaria —fría, mecánica, deshumanizada— amplifica el miedo básico a la vulnerabilidad: estar a merced de otros mientras te anestesian o te observan. Y NO tienes idea exacta de quien es el asesino... hasta el truculento, sensacionalista y sorprendente final.


Y sí, el guion se enreda, los secundarios existen solo para morir, y hay tomas al inicio que parecen recicladas de Bloody Birthday (1980). Pero eso es parte del encanto: este slasher puede ser para algunos puro placer culposo, para otros algo que sin culpa se disfruta (yo soy de estos ultimos) todo con ritmo, color, y un fetichismo por los pasillos hospitalarios digno de un videoclip de synth-pop.


En definitiva, X-Ray es un slasher con bisturí, bata y perfume a desinfectante ochentero. Un delirio pulp que no pretende asustar tanto como seducir con su atmósfera de hospital erótico-mortal.


Una pelicula que es cirugía de terror serie B bien lograda, con suficiente sangre y estilo para dejarte con sonrisa y escalofríos.


Perfecta para ver a medianoche con luces apagadas… Y casi excelente en general como pelicula de cine.


Ahora bien: ¿por qué digo “casi excelente”? Porque tiene momentos de brillantez como la escena de la caja-regalo con la cabeza decapitada (sí, lo leíste bien la primera vez que lo dije) o esa secuencia de la camilla quirúrgica al final, que remiten a un delirio muy setentero/ochentero de hospital del terror. Pero también arrastra sus defectos: la lógica narrativa se deja de lado en beneficio del espectáculo, y hay ralentizaciones innecesarias. Algunos personajes secundarios están ahí sólo para morir (lo cual es habitual en el subgénero) y la caracterización es mínima. Críticos contemporáneos lo califican como “junk food slasher de los 80s” pero “sangre suficiente para entretener”. 


En suma: para quien entre con la expectativa adecuada —nada de cine de terror sofisticado, sino una experiencia pulp, divertida, con sustos baratos y atmósfera febril— X-Ray funciona de maravilla. Logra que no bajemos la guardia hasta su tramo final, y aunque peque de los típicos errores de bajo presupuesto, se sostiene como una opción mucho mejor de lo que su estatus de serie B daría a entender.










jueves, 30 de octubre de 2025

Bates Motel (1987).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆ — Buena — 8/10 — Digna de ver.


Bates Motel es un desvío televisivo extraño pero intrigante en la saga Psycho, aunque no es parte de ella, ambas se omiten, excepto a la de 1960 de la cual esta se puede tomar como secuela solo de esa.


Y es que cuando uno cree haber visto todo lo relacionado con la saga Psycho / Psicosis, incluida la nueva version de 1998, aparece una película para TV como Bates Motel (1987), ese tipo de spin-off perdido que parece existir fuera del tiempo, como un recuerdo confuso que no sabes si fue real o una broma de mal gusto de IMDb. Y sí, es real. Existe. Fue un telefilme producido por Universal para la cadena NBC, pensado como el episodio piloto de una serie que jamás vio la luz. Y aunque no tiene ni a Anthony Perkins ni a Hitchcock (obvio), ni sigue del todo la línea argumental de las películas anteriores, de alguna forma… funciona.


Estrenada en TV de manera ambigua entre Psycho III (1986) y Psycho IV: The Beginning (1990), esta entrega se presenta como una especie de secuela alternativa o universo paralelo de la original. En ella, Norman Bates ha muerto (fuera de pantalla, sin gloria ni sangre), y su viejo “amigo” de manicomio, Alex West (interpretado por Bud Cort, el recordado protagonista de Harold and Maude), hereda el infame motel y decide reabrirlo. La premisa suena a parodia, pero no lo es. Alex, traumatizado pero bien intencionado, quiere transformar el motel en un lugar de renovación emocional. El problema, claro, es que el lugar sigue habitado por presencias… y no todas del plano físico.


La película tiene ese encanto noventoso prematuro que sólo los telefilmes de finales de los 80 logran tener: iluminación plana, decorados de cartón piedra y una extraña mezcla de horror suave con drama humano y tintes sobrenaturales. Sí, sobrenaturales. Porque Bates Motel se aleja completamente del enfoque psicológico de las películas de Hitchcock y Perkins, y se lanza sin pudor hacia lo paranormal. Fantasmas, redención, traumas… casi parece un cruce entre La dimensión desconocida y Highway to Heaven / Camino al cielo, pero ambientado en ese motel icónico con su fachada art deco y sus pasillos cargados de historia fílmica.


Y, aunque pueda parecer sacrilegio decirlo, el resultado no esta nada mal. La dirección corre a cargo de Richard Rothstein, guionista de películas como Death Valley (1982) y creador de la serie clasica de los 80s The Hitchhiker. Su estilo es directo, sin grandes pretensiones, lo cual juega a favor del tono extraño de esta historia que nunca termina de decidirse entre el homenaje, el reinicio-secuela o el fan fiction.


Lo más curioso es que, a pesar de no tener a ninguno de los actores originales —ni siquiera un cameo— y de tratar de cerrar la historia de Norman con una línea de diálogo, Bates Motel se las arregla para no ser completamente ridícula. Tiene corazón. 


Esta película realmente, como dije, era el piloto de una serie de TV y tiene una premisa que, con mejor desarrollo y más apoyo de la cadena, podría haber dado pie a una serie interesante. Imagina una especie de Hotel Bates para almas rotas, una mezcla de horror suave, drama psicológico y casos semanales. Raro, sí, pero no tan descabellado. Y, siendo honestos, mucho más digno que otros intentos modernos de revivir clásicos sin alma. Excepto claro por la excelente Bates Motel la serie de 2013 que mas de 20 años despues sí consiguio llevar la historia de Psycho a la TV. Pero es que esta otra serie del 87, con este piloto que quedo solo como telefilme unitario, pretendia ser secuela, extensión, no reinvención de la historia original como es la de 2013.


Pero... ¿Es tan intensa como Psycho II o tan enfermiza como Psycho III? No. ¿Tiene la profundidad psicológica de Psycho IV? Tampoco. Pero tiene algo que la hace rescatable, sobre todo si la ves sabiendo lo que es: un telefilme olvidado, extraño, fallido y fascinante por ratos. No apto para puristas de Hitchcock, pero sí para los cinéfilos obsesivos como yo, los que encuentran estas rarezas por accidente, y luego no pueden dejarlas ir.





miércoles, 29 de octubre de 2025

The Super / El Conserje (2017).

Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆ — Buena — 8/10 — Digna de ver.


Ok, este filme lo vi este mes, hace unos días en una plataforma de streaming, es un filme de cine independiente que se eleva un poco más que el promedio de serie B — de hecho raya un poco en lo que llaman elevated horror — pero no llega a tanto, aunque el giro final es muy sorprendente (y frustrante si esperabas que el bien ganara). Lo genial es que en el filme nada es lo que parece, y hasta los últimos minutos te das cuenta de eso cuando llega el giro…


Dirigida por Stephan Rick, escrita por John J. McLaughlin y con una duración de 90 minutos, fue un increíble fracaso aun para su bajo presupuesto que fue de unos US$2.3 millones y la taquilla mundial apenas rondó los US$19,000.


O sea: no es un blockbuster ni de lejos, ni pretendía serlo, pero esperaba ser algo que al menos dejara huella.


También fue de las últimas películas que el entrañable y difunto Val Kilmer hizo antes de ya no poder actuar por su enfermedad. La peli es estadounidense pero tiene un toque que parece británico; de hecho, como yo la vi sin saber nada de nada de ella, y cuando pasó por los cines hace 8 años ni me enteré, y la vi doblada al español, pues yo pensé que era británica hasta que vi que está ambientada en Nueva York, y después vi que efectivamente es una producción de EE.UU. 


Actoralmente: Kilmer interpreta al misterioso Walter, majestuosamente dentro de lo posible, y el protagonista el “super”, el conserje, es Patrick Flueger como Phil Lodge, con una mesurada y correcta actuación.


Kilmer se esfuerza, y por ratos se hace notar y roba cámara pero la estructura del guion lo deja medio a la deriva.


Una buena película pero más cerca de simplemente bueno que de muy bueno y definitivamente lejos de excelente.


Sí: cumple bastantes cosas — ambiente opresivo, buena premisa, ese “todo puede no ser lo que parece” que me atrapó — pero le faltan en mi opinión cohesión, profundidad real, y un pulido que la catapulte.


Por ejemplo: el tono británico pseudo-gótico me parece un intento interesante, pero la ambientación neoyorquina queda ahí, sin explotar del todo; la tensión sube, se acumula, pero llega un momento en que el ritmo tropieza.


Y ese giro final del que hablaba: wow, te lo plantan… pero también te lo meten con calzador, y se siente más un “a ver, sorprendámos al público” que un desenlace orgánico desarrollado totalmente ganado.


En lo técnico: la fotografía con relación de aspecto 2.39:1 le da ese aire de cine más “elevado”.  Sus efectos o ambientación de horror sobrenatural no reinventan la rueda, pero para un presupuesto modesto se defienden.


En lo de actores: como dije, Flueger mantiene bien el peso de protagonista, pero los secundarios, excepto Val que es casi co-protagonista, y el desarrollo de personajes no tienen tanta consistencia como uno esperaría para que el giro final cale con más fuerza.


En resumen: si estás buscando una película de horror independiente que no sea la misma cuestión pretensiosa de siempre, The Super merece un vistazo. Pero no la reserves como obra maestra ni esperes un final que te deje boquiabierto de admiración — más bien te dejará boquiabierto preguntando “¿Eh?”








sábado, 25 de octubre de 2025

Corpse / The Possession of Hannah Grace / Cadáver (2018.)


Mi puntuación como fan del cine (no experto crítico): 

☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


Vaya sorpresa me llevé con Corpse o The Possession of Hannah Grace. No es una película perfecta, pero tiene ese tipo de terror que se mete bajo la piel y te hace mirar dos veces hacia la oscuridad del pasillo. Las escenas realmente terroríficas no son muchas, pero las que hay, funcionan. Funcionan porque están bien ejecutadas: el silencio de la morgue, los encuadres fríos, el sonido del metal rozando la carne... todo contribuye a una atmósfera opresiva que te mantiene en vilo. Y ese final, esa última línea de la protagonista, te deja con la duda satisfecha de que paso pero te da otra ¿Ahora que es lo que hará ella..?


La película está dirigida por Diederik Van Rooijen, quien logra algo curioso: un terror de estudio con alma de serie B, pero con empaque de producción moderna. Visualmente es limpia, casi quirúrgica en su precisión visual, lo cual encaja a la perfección con el ambiente del hospital forense. La fotografía azulada y la luz fluorescente son parte esencial del miedo, porque aquí no hay castillos ni cementerios, sino un lugar cotidiano convertido en pesadilla.


En el plano actoral, Shay Mitchell —sí, la de Pretty Little Liars— sorprende con una interpretación contenida, vulnerable y física. Su personaje, una ex policía lidiando con sus demonios personales, es casi un arquetipo, pero Mitchell logra que tenga peso emocional, algo que no todos los filmes de terror recientes consiguen. A su alrededor, el resto del elenco cumple con oficio, sin robar protagonismo ni distraer del eje central: ese cadáver que no está tan muerto como parece.


El guión, eso sí, se queda corto en ambición. Es lineal, sin demasiados giros, y se apoya más en la atmósfera y el ritmo que en la profundidad narrativa. Pero curiosamente, eso juega a su favor: es un terror directo, que no se disfraza de metafórico ni pretende reinventar el género. En tiempos de “elevated horror”, este filme recuerda que el miedo también puede ser inmediato, físico, entretenido.


Con un presupuesto modesto de alrededor de 7 millones de dólares, The Possession of Hannah Grace logró recaudar más de 43 millones en taquilla mundial, una cifra más que respetable y exitosa para un título de terror de invierno. Es decir, fue rentable, ágil, complaciente... pero, sorprendentemente, no desechable. Tiene ese toque pulcro de los thrillers de terror sobrenaturales producidos por grandes estudios, pero conserva la crudeza del terror de bajo presupuesto.


En resumen, es una pequeña joya dentro de su categoría: una película que no pretende ser más de lo que es, pero que logra exactamente lo que promete. Te asusta, te intriga y te deja pensando en ese último grito del cadáver. Y claro la ultima e inquietante linea de la protagonista que explica brevemente que es lo que pasó.

Creepy!