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sábado, 13 de junio de 2026

Clownhouse (1989).

 

Mi puntuación como fan del cine (no crítico experto):

☆☆☆1/2— Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.

Para terminar este pequeño paréntesis dedicado a las películas de terror de Víctor Salva —el mismo creador y director que años después alcanzaría notoriedad con Jeepers Creepers— quería hablar de su primer largometraje cinematográfico: Clownhouse.


Y vaya película tan extraña para comentar.


Porque por un lado me parece un muy buen filme de terror. Una pequeña joya de culto del horror independiente de finales de los años ochenta. Un slasher y thriller de invasión doméstica intenso, eficaz y sorprendentemente moderno para su época.


Pero por otro lado también es una película marcada para siempre por uno de los episodios más oscuros y perturbadores detrás de cámaras que recuerdo haber conocido en la historia del cine de terror.


La vi hace unos pocos años, antes de enterarme de toda la controversia relacionada con su producción. De hecho, hasta que investigué estos días para mi reciente reseña de Rosewood Lane fue que descubrí la magnitud de lo ocurrido durante el rodaje.


Y debo admitir que eso cambió por completo la forma en que veo esta película.


Estrenada en 1989, Clownhouse fue la ópera prima de Víctor Salva como director y guionista. Realizada con apenas unos 200 mil dólares de presupuesto —una cifra bajísima incluso para los estándares del cine independiente de la época— fue filmada en apenas doce días y contó con el respaldo nada menos que de Francis Ford Coppola, quien quedó impresionado con el proyecto y ayudó a financiarlo a través de su compañía American Zoetrope.


La historia es sencilla pero muy efectiva.


Tres hermanos pasan una noche solos en casa durante Halloween. Al mismo tiempo, tres pacientes psiquiátricos escapan de una institución mental cercana, asesinan a varios payasos de un circo local y toman sus identidades. Lo que sigue es una larga noche de persecución, paranoia y terror en la que la casa familiar se convierte en una trampa mortal.


El protagonista es Casey Collins, un preadolescente que además sufre una profunda fobia a los payasos.


Y ahí radica buena parte de la inteligencia de la película.


Mucho antes de que los "payasos asesinos" se convirtieran en una moda recurrente del cine de terror, Clownhouse ya entendía que la figura del payaso posee algo profundamente inquietante. Su sonrisa exagerada, su maquillaje inmóvil y esa imposibilidad de leer emociones reales detrás de la máscara generan una sensación de incomodidad que la película explota constantemente.


A la luz de hoy, resulta casi un eslabón perdido entre el terror psicológico de los años setenta y la ola de payasos siniestros que explotaría décadas después.


La puesta en escena es sencilla, casi minimalista. No hay grandes efectos especiales ni secuencias espectaculares. Todo depende de la tensión.


Y funciona sorprendentemente bien.


Los tres payasos asesinos aparecen muchas veces simplemente observando, esperando, acechando. Son figuras silenciosas que avanzan lentamente y cuya sola presencia genera inquietud. Viéndola años después de conocer Jeepers Creepers, resulta evidente que Salva ya estaba experimentando con el tipo de villano silencioso y depredador que más tarde perfeccionaría con el Creeper.


Otro detalle curioso es que aquí encontramos uno de los primeros trabajos cinematográficos de Sam Rockwell, décadas antes de convertirse en uno de los actores más respetados de Hollywood y eventual ganador del Óscar.


Rockwell interpreta al hermano mayor Randy Collins y, aunque todavía era un actor prácticamente desconocido, ya mostraba parte del carisma natural que más tarde definiría su carrera.


Pero inevitablemente llegamos al tema que hace imposible hablar de Clownhouse como si fuera simplemente otra película de terror.


Durante el rodaje de 1988, Víctor Salva fue arrestado por abusar sexualmente de Nathan Forrest Winters, el actor infantil que interpretaba a Casey Collins. El caso llegó a juicio y Salva fue condenado. Pasó aproximadamente quince meses en prisión antes de obtener libertad anticipada.


Lo más perturbador es que la condena ocurrió antes incluso del estreno comercial de la película.


En otras palabras, cuando Clownhouse llegó a los cines y posteriormente al mercado doméstico, su director ya estaba cumpliendo condena.


Creo que nunca he visto un inicio de carrera cinematográfica tan maldito, tan trágico y tan contradictorio.


Por un lado, un entonces joven director lograba realizar un largometraje técnicamente competente con recursos mínimos, llamaba la atención de Francis Ford Coppola, conseguía estrenar en Sundance y mostraba un talento visual que más tarde volveríamos a ver en otras obras de su filmografía.


Por el otro, todo ese potencial artístico quedaba contaminado por un crimen real cometido durante la propia producción de la película.


Y esa contradicción es precisamente la que sigue acompañando a Clownhouse más de tres décadas después.


De hecho, buena parte de las discusiones actuales sobre la película ya ni siquiera giran alrededor de sus virtudes o defectos cinematográficos, sino sobre si es posible separar la obra de quien la creó. Es un debate complejo, incómodo y personal. Cada espectador tendrá su propia respuesta, como mencioné en la reseña de Rosewood Lane.


Lo cierto es que el legado de Clownhouse quedó atrapado entre dos historias distintas: la de una pequeña película de culto del terror independiente y la de un caso judicial que marcó para siempre la percepción pública de su director.


Quizá por eso hoy resulta tan difícil encontrarla. No está disponible en las grandes plataformas de streaming, las ediciones físicas llevan años descatalogadas y las pocas copias que circulan suelen encontrarse en repositorios no oficiales o viejas digitalizaciones de VHS. De hecho, ahora entiendo perfectamente por qué cuando la busqué hace algunos años terminé encontrándola únicamente en YouTube.


La película prácticamente ha sido enterrada por la industria.


Y sin embargo, cinematográficamente hablando, sigue siendo una obra impresionante.


No porque sea una obra maestra. No porque reinventara el género. Sino porque demuestra cuánto puede lograrse con una idea sencilla, una atmósfera bien construida y una comprensión intuitiva de los miedos más básicos.


Los payasos de Clownhouse siguen resultando inquietantes. La tensión continúa funcionando. Y algunos momentos conservan una efectividad sorprendente incluso para espectadores acostumbrados al terror moderno más violento y explícito.


Al final, mi opinión sobre la película quedó dividida en dos partes irónicamente inseparables.


Como obra de terror, me parece un thriller de invasión doméstica bastante notable, ingenioso dentro de sus limitaciones y muy importante dentro de la evolución del subgénero de los payasos asesinos.


Pero como capítulo de la historia del cine, me parece también un recordatorio muy incómodo y perturbante de que detrás de las cámaras pueden ocurrir hechos mucho más aterradores que cualquier monstruo o psicópata ficticio.


Y quizá por eso Clownhouse sigue siendo una película tan difícil de "clasificar". Porque es al mismo tiempo una pieza de culto del terror ochentero y una de las producciones más ensombrecidas por su contexto real.


Una película que me gustó mucho. Una película que considero bastante efectiva y tenebrosa. Pero también una película que jamás podré volver a ver exactamente de la misma manera después de conocer todo lo que ocurrió durante su realización.



viernes, 12 de junio de 2026

Rosewood Lane / La casa en Rosewood Lane (2011).

Mi puntuación como fan del cine (no crítico experto):

☆☆☆☆ — Perfecta — 10/10 — No te la pierdas.


Haciendo una pausa en esta temporada de sitcoms que inicié a principios de año en este blog, quiero hablar de una película que, una vez más, me dieron ganas enormes de volver a ver. Y eso ya dice mucho.


Rosewood Lane es una de esas raras películas que parecen perseguirme. La vi por primera vez allá por 2023 en ViX, durante lo que además fue mi primera experiencia seria con el streaming. En aquel entonces la plataforma todavía tenía una oferta internacional más amplia que la actual. Después esta película desapareció del catálogo. Tiempo después la encontré en otro servicio de streaming, la vi nuevamente, y eventualmente volvió a desaparecer. Y quizá esa naturaleza escurridiza contribuye a su encanto para mí, porque es una de esas películas que periódicamente me dan ganas de revisitar.


Lo curioso es que este año, investigando más sobre ella, descubrí algo que me dejó genuinamente sorprendido: gran parte de la crítica especializada la considera una mala película.


Y una vez más me encontré en una situación que me ha pasado muchas veces como espectador:


Esta es otra película considerada mala que a mí me fascina.


Escrita y dirigida por Víctor Salva, conocido principalmente por la franquicia Jeepers Creepers, Rosewood Lane llegó en 2011 como un thriller de terror psicológico de bajo presupuesto que mezcla elementos de acoso, invasión doméstica y terror psicológico.


La historia sigue a la Dra. Sonny Blake, interpretada por Rose McGowan, una psiquiatra radial que regresa a la casa de su infancia tras la muerte de su padre alcohólico. Lo que inicialmente parece un regreso para cerrar heridas familiares pronto se transforma en una pesadilla cuando empieza a sospechar que el repartidor de periódicos del vecindario, Derek Barber, está detrás de una serie de actos cada vez más perturbadores.


La premisa puede sonar sencilla sobre el papel, pero la ejecución me parece extraordinariamente efectiva.


Uno de los reproches más comunes de la crítica fue calificarla de lenta. Sinceramente, nunca entendí esa observación. Para nada, considero que solo un adicto a Tik Tok podría considerarla lenta. Para mí, la película está cargada de suspenso y tensión terrorífica desde muy temprano. No es un terror basado en explosiones constantes de violencia ni en sobresaltos cada treinta segundos. Es un terror de observación, de paranoia creciente, de sospecha permanente. Hay momentos pausados, sí, pero nunca sentí que la película se detuviera. Al contrario: siempre me pareció ágil, envolvente y progresivamente inquietante. Así como trepidante por momentos.


Y gran parte de eso se debe al trabajo del actorazo Daniel Ross Owens.


De todos los elementos de este peliculón, quizá ninguno me impresionó más que él.


Interpretando a Derek Barber, Owens construye un antagonista profundamente incómodo. No necesita grandes discursos ni escenas excesivamente teatrales para resultar perturbador. Su presencia física ya genera inquietud. Hay algo extraño en su mirada, en sus silencios, en la forma en que ocupa el espacio dentro de las escenas. Consigue transmitir la sensación de que algo está profundamente mal incluso cuando aparentemente no está haciendo nada.


Es una actuación basada en pequeños detalles, en gestos mínimos, en diálogos cínicos y desafiantes llenos de crueldad y en una energía impredecible que mantiene al espectador constantemente alerta.


Lo curioso es que, pese a lo mucho que me impactó su interpretación, Daniel Ross Owens prácticamente es un actor desaparecido del radar público. Durante estos años despues de ver Rosewood Lane la primera vez he intentado encontrar más información sobre él, entrevistas, redes sociales o algún seguimiento de su carrera, y es sorprendentemente difícil. Eso le añade un aura casi fantasmal a una actuación que ya de por sí resulta inquietante.


Por supuesto, el reparto también cuenta con nombres sólidos como Rose McGowan, Ray Wise, Lauren Vélez, Lesley-Anne Down y el veterano Rance Howard, quienes aportan credibilidad a una historia que constantemente juega con la percepción del espectador.


Y aquí llegamos a lo que para mí convierte a Rosewood Lane en algo especial.


Su final.


Sin entrar en spoilers, diré únicamente que el giro final me parece magnífico. No porque aparezca de la nada, sino porque la película lleva mucho tiempo preparándolo. Al revisarla una segunda vez, resulta evidente que diversas escenas ya estaban sugiriendo la verdad mediante juegos de percepción visual, encuadres cuidadosamente diseñados y situaciones ambiguas que adquieren un significado completamente diferente cuando se conoce el desenlace.


Es uno de esos finales que obligan a reinterpretar buena parte de lo que uno acaba de ver.


Desde el punto de vista de producción, también resulta admirable. Se filmó en apenas unos veinte días, con un presupuesto aproximado de tres millones de dólares y distribución de Lionsgate. Su recorrido comercial fue modesto: tuvo un estreno muy limitado en salas antes de pasar directamente al mercado de DVD, Blu-ray y video bajo demanda. Recaudó apenas unos pocos miles de dólares en taquilla estadounidense, lo que la convirtió prácticamente en una película destinada al consumo doméstico.


Las críticas fueron mayoritariamente negativas. Actualmente posee una puntuación cercana al 17% en Rotten Tomatoes y una valoración modesta entre los usuarios de IMDb. Los comentarios suelen señalar problemas de guion, ritmo y desarrollo narrativo.


Yo, sinceramente, veo otra película.


Veo una obra tremendamente efectiva en generar tensión. Veo una película que entiende cómo construir una atmósfera de amenaza constante. Veo un thriller psicológico que recompensa al espectador atento. Y veo una interpretación memorable de Daniel Ross Owens que merece mucho más reconocimiento del que recibió.


También es imposible hablar de Rosewood Lane sin mencionar la enorme controversia que rodea a Víctor Salva debido a su condena por abuso sexual de un menor en los años ochenta, en 1988 fue condenado, y él mismo se declaró culpable, por abuso sexual de uno de los adolescentes protagonistas de su filme de terror Clownhouse (filmado en 1988 y estrenado en 1989). Un hecho lamentable y reprochable sin dida y para muchas personas, esa historia personal hace imposible separar al artista de la obra. Es un debate legítimo, complejo y que cada espectador debe resolver por sí mismo. 


Lo que sí puedo decir en positivo es que, juzgando exclusivamente la película como experiencia cinematográfica, Rosewood Lane me parece una gran joya oculta del thriller psicológico moderno.


Una de esas películas que la crítica rechazó, pero que algunos espectadores adoptamos con entusiasmo.


Y en mi caso, con auténtica fascinación.


Porque cada cierto tiempo vuelvo a pensar en ella y me digo exactamente lo mismo:


"Necesito volver a ver Rosewood Lane."







domingo, 31 de mayo de 2026

Unhappily Ever After / Infelices para siempre (serie de TV sitcom de USA. Años 1995 – 1999; 5 temporadas).

Unhappily Ever After / Infelices para siempre – La copia que quiso ser irreverente

Mi puntuación como fan de las series (no crítico experto):
☆☆— Regular — 5/10 — Para ver solo si no tienes nada mejor que ver o que hacer.


En plena adolescencia noventera, cuando todavía estaba digiriendo el impacto ácido y perfectamente ejecutado de Married… with Children, apareció esta otra serie que desde el primer momento olía a intento de réplica. Unhappily Ever After llegó en 1995 por la cadena The WB, se mantuvo al aire cinco temporadas y acumuló 100 episodios. Pero más que consolidarse como una alternativa sólida, terminó siendo para mí una curiosidad irregular, una sombra caricaturesca de aquello que pretendía emular.


El punto “original” —si así podemos llamarlo— era el recurso psicológico-surrealista del conejo de peluche parlante, Mr. Floppy, con la voz del comediante Bobcat Goldthwait, como extensión de la mente fracturada del padre de familia, Jack Malloy, interpretado por Geoff Pierson. En teoría, ese giro debía aportar una capa cínica y absurda distinta. En la práctica, muchas veces se sentía como un truco ruidoso, un chiste repetido que no lograba sostener una sátira real.


A diferencia de los Bundy —que eran tóxicos pero con una complicidad subterránea, casi tierna— aquí la dinámica familiar se sentía más hostil que cómica. No era “nos odiamos pero en el fondo nos queremos”. Era más bien “convivimos por pura conveniencia y supervivencia”. Los personajes parecían caricaturas de la disfunción sin profundidad: la exesposa, los hijos egoístas, la hija hipersexualizada (Tiffany, interpretada por Nikki Cox), el adolescente frustrado… todo llevado al extremo pero sin el filo satírico que hacía inteligente a su referente.


Sí, hubo momentos que me hicieron reír. Sería injusto negarlo. Alguna línea del conejo funcionaba, algún diálogo ácido aterrizaba bien. Pero el conjunto resultaba cansino. La obscenidad, el cinismo y la lujuria parecían recursos fáciles, apoyados casi exclusivamente en diálogos punzantes sin verdadera crítica social detrás. Donde Married… with Children se burlaba del sueño americano con gran precisión retratando a la familia Bundy, Unhappily Ever After / Infelices para siempre parecía contentarse con provocar por provocar.


Por momentos era excesivamente caricaturesca; por otros, demasiado ligera. Nunca inspiradora, nunca realmente crítica. Más que sátira, parecía justificar el mal comportamiento de personajes emocionalmente dañados sin ofrecer un espejo social claro. Se sentía superficial, como si confundiera amargura con profundidad.


La serie mantiene hoy una valoración cercana al 6.5 en IMDb, lo que refleja ese estatus de producto de culto menor: no un desastre absoluto, pero tampoco una joya redescubierta. Más bien un experimento noventero que intentó capitalizar la moda de la familia disfuncional sin entender del todo por qué funcionaba cuando se hacía bien.


Yo la terminé de ver casi por inercia, con esfuerzo. Y esa es quizá la diferencia más clara con su “inspiración”: mientras con los Bundy uno se quedaba por la brillantez del sarcasmo, aquí uno se quedaba por curiosidad… y a veces por pura terquedad adolescente.


Unhappily Ever After es como ese primo incómodo en la reunión familiar de las sitcoms noventeras: intenta ser irreverente, intenta ser oscura, intenta ser provocadora… pero rara vez logra ser realmente memorable.





lunes, 30 de marzo de 2026

I Love Lucy / Yo amo a Lucy (serie de TV sitcom de USA. Años 1951 – 1957; 6 temporadas).


I Love Lucy / Yo amo a Lucy – La carcajada que lo comenzó todo

Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico): 
☆☆☆ — Excelente — 10/10 — No te la pierdas.


Como ya dije en mis reseñas de I Dream of Jeannie y Bewitched, esas dos sitcoms —junto con I Love Lucy / Yo amo a Lucy — fueron las primeras que vi en mi niñez y primeros años de adolescencia. Pero si soy totalmente honesto, I Love Lucy y Sueños con Jeannie fueron las dos primeras que vi completas siendo niño. Y I Love Lucy tiene un lugar especialísimo en mi memoria.


Yo sabía perfectamente, incluso de niño, a fines de los 80s, que estaba viendo una serie de los años 50s. Había algo en la imagen en blanco y negro, en el ritmo, en la puesta en escena, que lo dejaba claro. La veíamos en casa —mis padres y yo— aunque en realidad era yo quien más la disfrutaba. Y lo que recuerdo con total nitidez es esto: me hacía morirme de risa. Carcajadas auténticas, incontrolables, de esas que sacan lagrimas y hasta te duelen en el estómago y la cara. Algo increíble.


La serie fue creada por Lucille Ball y Desi Arnaz, junto a los guionistas Jess Oppenheimer, Madelyn Pugh y Bob Carroll Jr., y se emitió por CBS entre 1951 y 1957, con 6 temporadas y 180 episodios, manteniéndose durante varios años como el programa número uno en rating en Estados Unidos. De hecho, fue el show más visto del país en cuatro de sus seis temporadas y terminó su emisión estando todavía en el primer lugar del ranking. Eso no es solo éxito: es fenómeno cultural.


Lucille Ball interpretaba a Lucy Ricardo, ama de casa neoyorquina eternamente insatisfecha con su rol doméstico y obsesionada con alcanzar fama, dinero o al menos protagonismo. Su esposo en la ficción —y también en la vida real— era Desi Arnaz como Ricky Ricardo, músico cubano-americano con carácter fuerte, celoso de su reputación profesional y representante de una masculinidad muy típica de su época. Junto a ellos estaban sus vecinos y cómplices eternos: Fred y Ethel Mertz (William Frawley y Vivian Vance), formando uno de los cuartetos más icónicos de la historia de la televisión.


La relación entre Lucy y Ricky era, vista hoy, compleja. Había celos, discusiones, choques culturales y dinámicas que hoy podrían parecer tóxicas. Pero también había algo innegable: lealtad absoluta. Ricky jamás fue infiel, pese al estereotipo del “hombre latino” de la época, y Lucy, pese a su rebeldía constante, siempre volvía al equilibrio del hogar. La serie no era crítica social en el sentido en que lo sería después Bewitched, ni jugueteaba con la subversión femenina como ...Jeannie, pero sí ofrecía un retrato cómico muy bien pensado de la vida matrimonial, las aspiraciones frustradas y el deseo de ser algo más que lo que la sociedad te asigna.


Lucy quería ser rica, famosa, reconocida. Siempre se metía en planes absurdos, engaños, disfraces, trampas para aparecer en el show de Ricky. Y ahí entraba el slapstick, quizá más presente aquí que en las sitcoms mágicas de los 60s. El humor físico era glorioso: caídas, gestos exagerados, expresiones faciales imposibles. Lucille Ball tenía una precisión cómica extraordinaria. Su rostro era un instrumento perfecto.


La serie se parece a I Dream of Jeannie en su gusto ocasional por lo absurdo y el caos que se desata a partir de una decisión impulsiva. Y se parece a Bewitched en el carisma absoluto de su protagonista femenina, aunque en estilos muy distintos: Samantha era elegante y contenida; Lucy era volcánica, expresiva, desbordada.


Lo fascinante es que, pese a su tono anticuado en muchos estereotipos de género, I Love Lucy sigue siendo atemporal en su construcción cómica. El timing, la estructura de los enredos, la química entre los personajes… todo funciona incluso hoy. Y eso lo comprobé personalmente: la seguí viendo en repeticiones durante mi adolescencia, incluso hasta los 19 años, a fines de los 90s, y despues hasta iniciados mis 20s, y me provocaba exactamente las mismas carcajadas que cuando era niño.


Eso no es nostalgia. Eso es eficacia cómica pura.


Con el tiempo entendí que estas tres series —I Love Lucy, I Dream of Jeannie y Bewitched— no solo fueron entretenimiento. Fueron el inicio de mi relación con las sitcoms. Sin darme cuenta, ahí empezó algo que nunca se ha ido. Siempre ha habido una sitcom en mi vida. Siempre. Incluso en este instante que escribo esto. Como fondo, como refugio, como pausa emocional.


Media hora —o cinco horas en maratón de streaming— donde el mundo se simplifica, los conflictos se resuelven y la risa vuelve a poner todo en su lugar.


Y si tengo que señalar el punto de origen de esa relación, ese momento donde entendí que la televisión podía hacerme feliz de una forma muy específica, ese punto se llama I Love Lucy.


La primera carcajada nunca se olvida.


Y habiendo dicho todo esto, debo finalizar diciendo que cuando vi los avances, los teasers y especialmente los primeros episodios de WandaVision, a inicios de los 2020s sentí algo profundamente personal. Ese recurso de convertir las sitcoms clásicas de los 50 y 60 —como I Love Lucy, Bewitched e I Dream of Jeannie— en refugio mental, en mecanismo de defensa emocional dentro de la mente de Wanda, me atravesó por completo. 


Claro, WandaVision no es una sitcom; es un drama-acción disfrazado de comedia retro, un duelo envuelto en risas enlatadas. Pero ese homenaje tan meticuloso, tan amoroso, tan consciente del lenguaje televisivo de aquellas décadas… ¡Oh, por Dios!, como diría Janice Litman-Goralnik en Friends, lo entendí demasiado bien. 


Mientras algunos amigos y colegas centennials me decían: “Qué rara esa WandaVision, no entiendo esas escenas de series antiguas”, yo sentía exactamente lo contrario: para mí era clarísimo. Era el consuelo convertido en narrativa. Es, probablemente, de lo más original y arriesgado que ha hecho Marvel Studios —más allá de su proeza titánica de construir una multisaga interconectada—, pero eso ya es otra historia… otra reseña… quizá otra temporada en este humilde pero apasionado blog televisivo y cinéfilo mío.



viernes, 27 de febrero de 2026

Married… with Children / Matrimonio... con hijos (serie de TV sitcom de USA. Años 1987 – 1997; 11 temporadas).

 

Married… with Children / Matrimonio... con hijos – El circo cínico de la clase media

Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico): 
☆☆☆ — Excelente — 10/10 — No te la pierdas.


Ok, ok… esta sí que me encantó de forma muy única. Era ácida hasta la médula, con bastante humor negro, una sátira feroz y a la vez icónica de la clase media estadounidense: personajes resignados a su propia mediocridad, cómodos en su cinismo, pero aun así encontrando lo absurdo y gracioso de la vida cotidiana. ¡Dios mío cómo me reí con esta serie tan irreverente, sexy en su desfachatez y deliciosamente morbosa en su forma de burlarse de todo! Y lo confieso: ahora que soy cuarentón, entiendo perfectamente por qué ese gesto tan simple —mano dentro del pantalón mientras uno está tirado en el sofá— era casi un símbolo de relajación existencial para Al Bundy. A mis 40 lo probé, solo por curiosidad sociológica, claro… y tuve que admitir que el hombre no estaba equivocado. ¡Qué relax se siente! Aunque cuando la veía en su momento, yo me sentía más como Bud:  su joven hijo, algo frustrado, soñador… solo que bastante más optimista. Y quizá por eso la disfrutaba tanto: porque era el espejo deformado de lo que uno temía ser… y al mismo tiempo una carcajada liberadora frente a ello.


Y es que seamos honestos: si haz visto Married… with Children sabrás que no fue simplemente otra sitcom familiar. Fue dinamita en horario estelar. Fue la bofetada sarcástica que necesitaba la televisión estadounidense de finales de los 80 y casi todos los 90s, saturada de comedias familiares “limpias”, moralizantes y reconfortantes. Donde otras celebraban valores, esta los ridiculizaba. Donde otras abrazaban la corrección política, esta se revolcaba feliz en lo incorrecto. Ácida, sexy, vulgar y absolutamente consciente de su incorrección, convirtió la mediocridad suburbana en oro cómico.


Creada por Michael G. Moye y Ron Leavitt, la serie se emitió por la entonces joven cadena Fox Broadcasting Company entre 1987 y 1997, acumulando 11 temporadas y 259 episodios. Y no es menor el dato: fue la primera gran sitcom que definió la identidad irreverente de FOX frente a las cadenas tradicionales. Sin los Bundy, probablemente no existiría el mismo tono que después consolidarían otras comedias más atrevidas.


En el centro del caos estaba Al Bundy, interpretado magistralmente por Ed O'Neill. Vendedor de zapatos frustrado, ex estrella de fútbol americano de secundaria cuyo mayor logro fue anotar cuatro touchdowns en un solo partido —hazaña que repite como mantra existencial—, Al es la encarnación del desencanto masculino de clase media. Su gesto eterno: tirado en el sofá, mano dentro del pantalón, mirando televisión con resignación cósmica. Un símbolo cultural del hastío… que, admitámoslo, uno entiende mejor cuando pasa de los cuarenta.


Frente a él, la maravillosa y afilada Peggy Bundy, encarnada por Katey Sagal: fumadora compulsiva, adicta a las compras, enemiga declarada de las tareas domésticas y reina absoluta del sarcasmo pasivo-agresivo. Peggy no era la esposa sumisa de las sitcoms clásicas; era una anti-ama de casa glam rock, exagerada y deliciosamente egoísta. Sus hijos completaban el cuadro caricaturesco: Kelly (Christina Applegate), la rubia aparentemente superficial pero con destellos inesperados de astucia, y Bud (David Faustino), el adolescente libidinoso eternamente derrotado.


El humor era oscuro, punzante y muchas veces deliberadamente ofensivo. La serie se burlaba del consumismo, del matrimonio, del sueño americano, del fracaso económico, del machismo, del feminismo, de la televisión misma. No había zona segura. Y eso, en plena era Reagan-Bush, era casi revolucionario en televisión abierta.


En términos de recepción, la serie fue un éxito sólido para FOX, ayudando a consolidar la cadena como competidora real frente a gigantes como NBC y CBS. Aunque nunca fue la número uno absoluta en ratings generales, sí fue un fenómeno cultural, especialmente entre audiencias jóvenes y adultos desencantados con la comedia familiar tradicional. En plataformas como IMDb mantiene una valoración cercana al 8/10 con decenas de miles de usuarios, prueba de su vigencia generacional.


Recibió múltiples nominaciones, incluyendo reconocimientos importantes para O’Neill y Sagal, aunque —curiosamente— la crítica institucional tardó en aceptar su valor satírico. Durante años fue vista como vulgaridad pura; con el tiempo se entendió mejor su dimensión de sátira social.


Y aquí está la paradoja más interesante: debajo del cinismo extremo había algo casi tierno. Los Bundy se insultaban, se humillaban y se saboteaban constantemente… pero nunca se abandonaban. Había una lealtad subterránea, una complicidad silenciosa. La familia no era idealizada, pero tampoco era desechable. Era disfuncional, sí, pero resistente.


Si en mis reseñas anteriores hablaba de las sitcoms clásicas como refugio emocional elegante (Bewitched, I Dream of Jeannie y I Love Lucy, esta última proxima a reseñar), Married… with Children representó el otro extremo: el refugio del sarcasmo. La catarsis de reírse del fracaso, del cansancio laboral, del matrimonio imperfecto, del sueño americano agrietado.


Fue la anti-sitcom familiar… y por eso mismo se convirtió en una de las más honestas.


Así que si quieres una comedia que no maquille la mediocridad de la vida sino que la célebre con carcajadas crueles y liberadoras, los Bundy siguen siendo los reyes del cinismo televisivo.




viernes, 20 de febrero de 2026

Bewitched / Hechizada (serie de TV sitcom de USA. Años 1964 – 1972; 8 temporadas).

 

Bewitched / Hechizada – La bruja que sonreía mientras desarmaba el sexismo

Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico): 
☆☆☆ — Excelente — 10/10 — No te la pierdas.


Después de vivir mis primeras sitcoms en la niñez con I Dream of Jeannie y I Love Lucy (que reseñaré después de esta), en mi adolescencia en los 90s —gracias a la sindicación en la TV abierta en Panamá y sus eternas repeticiones— descubrí otra joya de los 60s: Bewitched / Hechizada. Y si bien I Dream of Jeannie fue su competencia directa en su momento, para mí Hechizada siempre ha sido un escalón más arriba.


Creada por Sol Saks, la serie se emitió por ABC entre 1964 y 1972, alcanzando 8 temporadas y 254 episodios, una cifra considerable que habla de su éxito sostenido. Durante varios años se mantuvo dentro del Top 10 de ratings en Estados Unidos, convirtiéndose en uno de los pilares de la comedia televisiva de la década. Fue producida por Screen Gems, estudio que dominó buena parte del entretenimiento televisivo sesentero.


La premisa es simple y brillante: Samantha Stephens (interpretada magistralmente por Elizabeth Montgomery) es una bruja que se casa con un hombre mortal, Darrin Stephens (Dick York en las primeras temporadas y luego Dick Sargent), y decide llevar una vida “normal” como ama de casa suburbana. El problema es que su mundo mágico, encabezado por su inolvidable madre Endora (Agnes Moorehead), nunca deja de interferir.


En apariencia, es una comedia ligera sobre magia doméstica (literalmente). En el fondo, es mucho más.


Bewitched me parece más profunda e ingeniosa que I Dream of Jeannie. Su comedia tiene una estructura más elaborada y, sobre todo, sus críticas sociales son más notables. Los chistes sobre la vida familiar, los roles tradicionales y la expectativa de que la esposa se adapte dócilmente al mundo del esposo están constantemente presentes. Y lo interesante es que nunca se sienten forzados.


Hay episodios que, francamente, se sienten feministas para su época. Samantha posee un poder inmenso —literalmente puede alterar la realidad con un movimiento de nariz— pero elige restringirse para no incomodar el ego social de su esposo. Esa tensión entre su poder real y el poder social masculino es uno de los motores más fascinantes de la serie. Darrin no es un villano; es un hombre de su tiempo, con rasgos machistas que la serie expone con humor en lugar de demonizarlo. Y ahí está la genialidad: la crítica no es agresiva, es elegante.


Además, la serie aborda temas como la tolerancia, los prejuicios y la diferencia. El simple hecho de presentar a las brujas protagonistas como descendientes de mujeres perseguidas en cacerías históricas ya abre una lectura simbólica poderosa. Pero Hechizada jamás se vuelve densa ni controversial en tono; todo se siente liviano, encantador, casi juguetón. Y sin embargo, nada es superficial.


Elizabeth Montgomery fue el corazón absoluto del programa. Su interpretación era cálida, inteligente, con una sonrisa que parecía esconder siempre un comentario irónico. Y Agnes Moorehead como Endora aportaba una energía teatral, sarcástica y deliciosamente subversiva que elevaba cada escena.


Cuando la veo hoy —ya sea en recuerdos de adolescencia o en algún episodio suelto en añguna plataforma de streaming— sigo encontrando capas nuevas. Bewitched no gritaba sus intenciones, no hacía discursos ideológicos explícitos, pero estaba ahí, cuestionando con elegancia la rigidez social de su tiempo.


Si I Dream of Jeannie es confort puro, Bewitched es confort con filo.
Si Jeannie jugaba con el caos, Samantha lo comprendía.
Y en esa comprensión, silenciosa pero firme, hay algo profundamente moderno.


No es solo una sitcom mágica de los 60s. Es una comedia inteligente que entendió que el humor puede suavizar el debate sin eliminarlo. Y eso, para su época —y para la nuestra— es una forma muy sofisticada de resistencia.


jueves, 19 de febrero de 2026

I Dream of Jeannie / Sueños con Jeannie (serie de TV sitcom de USA. Años 1965 – 1970; 5 temporadas).


I Dream of Jeannie / Sueños con Jeannie – El confort eterno de una fantasía sesentera


Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico): 
☆☆☆ — Excelente — 10/10 — No te la pierdas.


De todas las series de los años 60 que vi en mi niñez y adolescencia durante los 80s y 90s, estoy casi seguro de que I Dream of Jeannie fue la primera —o al menos una de las dos primeras, junto a I Love Lucy / Yo quiero a Lucy— que marcaron mi relación con las sitcoms. Fueron mis puertas de entrada al formato, mis primeras risas grabadas en blanco y negro (o en color deslavado según la transmisión), mis primeras historias episódicas donde el mundo siempre volvía a su equilibrio al final de cada capítulo.


A diferencia de otra joya sesentera como Bewitched / Hechizada, que descubrí más tarde en mi adolescencia en los 90s, Sueños con Jeannie fue parte de mi formación temprana como televidente. Y hay algo profundamente reconfortante en recordarla.


Creada por Sidney Sheldon, la serie se emitió por NBC entre 1965 y 1970, alcanzando 5 temporadas y 139 episodios. Estaba protagonizada por Barbara Eden como Jeannie, la genio traviesa, devota y absolutamente carismática, y Larry Hagman como el astronauta Tony Nelson, el hombre “racional” que intenta mantener el orden frente al caos mágico que irrumpe en su vida. El concepto era sencillo y brillante: un astronauta de la NASA encuentra una lámpara en una isla desierta y libera a una genio que decide servirle… y amarlo.


El contexto no era menor: plena carrera espacial, Estados Unidos obsesionado con la ciencia, el progreso y el orgullo nacional. Insertar en ese mundo una figura mágica femenina, sensual, impredecible y emocionalmente más poderosa que el hombre que “la posee”, tenía una ironía deliciosa. Aunque la serie jamás fue abiertamente subversiva, sí jugaba con esa tensión entre control masculino y poder femenino de manera sutil.


En términos de rating, I Dream of Jeannie tuvo un desempeño sólido pero no dominante; nunca fue el programa número uno de la temporada, pero se mantuvo lo suficiente como para consolidarse como clásico en sindicación. Y fue precisamente en esas retransmisiones —sobre todo en los 80s— donde muchos, como yo, la adoptamos como parte de nuestra rutina diaria.


La vi completa al menos dos veces en los 80s, luego nuevamente en los 90s, y todavía hoy he visto capítulos sueltos en streaming. Y siempre provoca lo mismo: confort inmediato. Es tan ligera, tan graciosa, tan encantadora en su ingenuidad estructural, que funciona como una cápsula emocional.


Barbara Eden tenía un magnetismo difícil de explicar. Su Jeannie era dulce pero no tonta, traviesa pero no cruel, enamorada pero no sumisa del todo. Había en ella una energía juguetona que, incluso dentro de los códigos conservadores de la época, lograba filtrarse como algo más moderno. Porque sí, la serie es muy de los 60s: roles tradicionales, dinámicas hoy discutibles, situaciones que para espectadores no conservadores, como uno, pueden parecer fuera de época. Y, sin embargo, paradójicamente, en varios episodios se percibe una crítica sutil a la sociedad estadounidense que retrata.


Hay momentos donde el absurdo revela lo ridículo de ciertas normas sociales, donde la obsesión por la reputación, el estatus o la masculinidad queda en evidencia gracias a la intervención mágica de Jeannie. Esa crítica no es frontal ni militante, pero sí refrescante. Y quizá por eso sigue funcionando.


Cuando vi los primeros episodios de la serie de Marvel de hace unos pocos años atras WandaVision y observé cómo utilizaban el lenguaje de las sitcoms clásicas como parte del refugio mental de Wanda, me sentí profundamente identificado. Esa estética de sala iluminada artificialmente, risas grabadas y conflictos domésticos encapsulados no era solo homenaje: era memoria emocional. Y para mí, esa memoria tiene mucho que ver con Sueños con Jeannie. Ese uso del lenguaje televisivo clásico como refugio emocional… lo entendí perfectamente. Porque para muchos de nosotros, esas sitcoms no son solo entretenimiento retro: son lugares seguros de la memoria.


I Dream of Jeannie no fue solo una fantasía ligera sobre una genio enamorada; fue una de las primeras experiencias televisivas que me enseñaron que la comedia televisiva podía ser un hogar dentro del hogar. Que la repetición no era aburrimiento, sino una especie de ritual. Y que incluso dentro de estructuras aparentemente simples, podían esconderse pequeñas ironías sociales.


Tal vez no sea la sitcom más sofisticada de los 60s. Tal vez no sea la más transgresora. Pero sí es una de las más reconfortantes y refrescantes que he visto en mi vida. Y eso, para mí, es absolutamente maravilloso...y mágico.





miércoles, 18 de febrero de 2026

Mad About You / Loco por ti (serie de TV sitcom de USA. Años 1992 – 1999; 7 temporadas).

 

Mad About You / Loco por ti – La sitcom adulta que era más sustancial de lo que aparentaba en su sutileza.


Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico): 

☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


Aunque Mad About You comenzó antes que Friends, yo la empecé a ver poco después de engancharme con Friends, y desde el inicio se sentía distinta. Era una sitcom claramente más adulta, no por contenido explícito, sino por tono: un humor más irónico, a veces más sutil, menos basado en el chiste inmediato y más en la observación de la vida cotidiana en pareja. Me gustó mucho, aunque siempre un poco menos que Friends, quizá porque no buscaba el mismo impacto ni la misma energía grupal, sino algo más íntimo, casi doméstico.


Creada por Paul Reiser y Danny Jacobson, Mad About You se emitió por NBC entre 1992 y 1999, con 7 temporadas y 164 episodios, formando parte del sólido bloque de comedias de la cadena en los 90s. La serie se centraba en Paul Buchman (interpretado por el propio Reiser), un documentalista algo neurótico, y Jamie Buchman (Helen Hunt), una ejecutiva de relaciones públicas inteligente, independiente y emocionalmente compleja. A diferencia de muchas sitcoms de la época, el eje no era la familia extensa ni el grupo de amigos, sino la dinámica íntima de una pareja recién casada, con todo lo que eso implica: pequeñas discusiones, manías compartidas, silencios incómodos y momentos de auténtica complicidad.


En Panamá, no la recuerdo como una serie de “relleno”, sino más bien como parte del prime time de las sitcoms de fin de semana, con una presencia más estable y respetada en la programación. No era ruidosa ni escandalosa, pero tenía un público fiel que sabía lo que iba a encontrar: diálogos bien escritos, situaciones reconocibles y un ritmo que confiaba en la inteligencia del espectador.


Uno de los elementos más memorables fue, sin duda, Helen Hunt, quien por esos años se convirtió en una auténtica estrella de Hollywood. Su éxito en Mad About You coincidió con su salto al cine comercial, especialmente con el fenómeno de Twister / Tornado (1996), aquel peliculón de desastre que la puso definitivamente en el radar del gran público. Verla alternar entre el caos climático del cine y la cotidianidad emocional de la televisión la volvía aún más fascinante.


La serie también es recordada por su lugar dentro del universo compartido de sitcoms noventeras. Mad About You se cruzó narrativamente con Friends en varias ocasiones, siendo el caso más famoso el de Ursula Buffay, la hermana gemela de Phoebe, interpretada por Lisa Kudrow, quien apareció primero aquí como camarera antes de ser integrada al mundo de Friends. Estos cruces reforzaban la sensación de una Nueva York televisiva viva, donde las historias podían tocarse sin invadirse.


Vista hoy, Mad About You se mantiene como una sitcom elegante, reflexiva y muy bien actuada. No busca carcajadas constantes ni grandes momentos icónicos, pero sí una honestidad emocional que muchas comedias evitan. Tal vez por eso a mí, un entonces adolescente algo cínico y casi nada romántico, nunca me marcó tanto como Friends, pero siempre la recuerdo con cariño y respeto.


Loco por ti no gritaba para llamar la atención; hablaba bajito, confiando en que quien quisiera escucharla se quedaría. Y en medio del ruido televisivo de los 90s, eso ya era un acto de gran personalidad.




martes, 3 de febrero de 2026

The Fanelli Boys / Los hermanos Fanelli (serie de TV sitcom de USA. Años 1990 – 1991; 1 temporada).


The Fanelli Boys / Los hermanos Fanelli - Relleno nocturno, músculos al aire y absurdo sexy sin culpa.

Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico): 
☆☆☆ — Buena — 8/10 — Digna de ver.


The Fanelli Boys / Los hermanos Fanelli es una de esas series que solo podían encontrarse a altas horas de la noche en mi adolescencia en los 90s, cuando la televisión parecía bajar la guardia y experimentar con productos que no aspiraban a la grandeza. La recuerdo perfectamente en esa misma época en la que veía Dream On y Baby Boom, pero con una diferencia clara: esta sí se sentía relleno en serio, del tipo que uno ve medio sorprendido, medio divertido, preguntándose cómo exactamente llegó eso a la parrilla televisiva.


La daban los sábados, casi a la medianoche, y desde el primer episodio dejaba claro su juego: una sitcom ligera, algo burda, con situaciones absurdas y una clara inclinación al exhibicionismo masculino, algo poco común para la época… y probablemente una de las razones por las que se me quedó grabada.


Emitida en 1990 y 1991, The Fanelli Boys fue una comedia de situación de una sola temporada, producida por NBC, que giraba en torno a un grupo de hermanos italoamericanos que convivían entre trabajo, conflictos personales y mucha testosterona desbordada. La serie nunca pretendió ser profunda ni particularmente inteligente, y se notaba. Su humor era amplio, estereotipado por momentos y más interesado en provocar risas rápidas (y miradas cómplices) que en desarrollar personajes complejos.


El elemento más inolvidable —y seamos honestos— era Christopher Meloni, quien interpretaba a uno de los hermanos con una actitud descaradamente exhibicionista, una musculatura curvilínea casi caricaturesca y una presencia física que por momentos hacía que la serie pareciera un show de strippers disfrazado de sitcom. En aquel entonces, Meloni era básicamente “el tipo buenísimo que se quitaba la camisa”, y nadie imaginaba que años después haría gala no solo de músculos y su gran y redondeado trasero, sino de un talento actoral brutal en series como Oz y Law & Order: SVU.


El resto del elenco de esta sitcom cumplía su función dentro del caos: personajes simpáticos, exagerados, funcionales al gag del momento. No había grandes arcos narrativos ni ambiciones artísticas más que la dinámica familiar de la matriarca y sus 4 hijos adultos. Y justamente por eso, cuando se la veía en ese horario marginal, funcionaba como una diversión casi culpable (en mi caso, porque para que yo me sienta culpable por ver algo así, esta biiiieeen difícil), ademas de diversión ligera y desvergonzada.


La serie tuvo un rating discreto y una recepción muy tibia en Estados Unidos, lo que explica su rápida cancelación. No fue cancelada por ser demasiado provocadora ni demasiado inteligente, sino más bien por todo lo contrario: era superficial, algo repetitiva y fácilmente reemplazable. Aun así, tenía un encanto extraño, casi accidental.


Lo curioso es que, pese a todas sus limitaciones, The Fanelli Boys me gustó bastante, no demaiado pero sí lo justo para verla completa, y solo fueron 19 capitulos. Tal vez porque no prometía nada que no pudiera cumplir. Era una de las sitcoms más sexys en lo absurdo que vi en aquellos años, aunque claramente no jugaba en la misma liga que Dream On, que sí sabía mezclar erotismo con introspección y sofisticación.


Vista hoy, The Fanelli Boys es una cápsula del tiempo: una serie menor, olvidada, pero representativa de una televisión noventera que todavía se atrevía a experimentar en los márgenes. No fue una joya escondida ni un clásico incomprendido, pero sí una rareza divertida y con pretensiones comerciales, una de esas series que solo se recuerdan porque las viste en el momento justo, a la hora exacta, cuando no había nada más… y eso, curiosamente, la hace especial... A veces, incluso el relleno en TV deja huella.





viernes, 30 de enero de 2026

Step By Step / Paso a Paso (serie de TV sitcom de USA. Años 1991 – 1998; 7 temporadas).


Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico): 
☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


Step by Step / Paso a Paso es una de esas series que no se descubren de madrugada ni se sienten como un secreto compartido, sino que llegan con la luz del día, acompañadas de desayunos tardíos y mañanas de sábado. Así la recuerdo yo: transmitida en las mañanas de los sábados, en plena explosión de sitcoms familiares a mediados de los 90s, una época en la que la televisión parecía inagotable en comedias de situación.


Dentro de ese mar de series, Step by Step / Paso a Paso me gustó mucho, aunque nunca la sentí excelente ni revolucionaria. Y no tenía por qué serlo. Funcionaba —y muy bien— dentro de la fórmula clásica de la familia simpática, disfuncional a su manera, pero decidida a seguir adelante con amor, humor y una buena dosis de caos cotidiano. Era una sitcom consciente de su estructura, cómoda en ella, y lo suficientemente hábil como para sacarle provecho sin caer en la parodia.


La serie se emitió originalmente entre 1991 y 1998, con 7 temporadas y 160 episodios, primero en ABC como parte del famoso bloque TGIF, ese laboratorio de comedias familiares que definió a toda una generación y despues en su ultima temporada en CBS. Fue creada por William Bickley y Michael Warren, productores especializados en sitcoms de corte familiar, y producida por Lorimar Television y más tarde Warner Bros. Television.

La premisa era sencilla pero eficaz: dos adultos divorciados, Frank Lambert (Patrick Duffy) y Carol Foster (Suzanne Somers), se enamoran, se casan impulsivamente durante unas vacaciones y unen a sus respectivas familias, dando origen a un hogar ensamblado lleno de choques de personalidad, rivalidades fraternales, alianzas inesperadas y mucho humor. El elenco juvenil —con nombres como Staci Keanan, Brandon Call, Christine Lakin y Angela Watson— terminó siendo parte fundamental del encanto de la serie, creciendo frente a cámara junto al público.


A diferencia de joyas más inusuales como Dream On o Baby Boom, Step by Step era más típica en su planteamiento, más predecible incluso, pero no por eso menos efectiva. Apostaba por un humor un poco más absurdo, exagerando situaciones y reacciones, aunque siempre sin cruzar la línea hacia la caricatura total. Había un equilibrio interesante: situaciones disparatadas, sí, pero con personajes que seguían sintiéndose humanos y reconocibles.


No era una serie intensa ni profunda, ni lo pretendía. Sin embargo, dentro de lo ligero resultaba refrescante, ágil, bien escrita y sorprendentemente inteligente en ciertos momentos. Tocaba temas sociales —familias ensambladas, roles parentales, choques generacionales, estereotipos de género— sin buscar la controversia ni el sermón, pero lo suficiente como para invitar a pensar mientras uno se reía de la misma cuestión social que estaba siendo suavemente criticada.


Ese era su verdadero mérito: hacerte reír y reflexionar sin que te dieras cuenta. Nada de discursos grandilocuentes, nada de golpes de efecto. Solo situaciones cotidianas llevadas al extremo justo para que el absurdo revelara lo que normalmente se acepta sin cuestionar.


Hoy, vista con distancia, Step by Step se siente como una sitcom cómoda, cálida y honesta con lo que es. No intenta ser una obra maestra ni redefinir el género, pero cumple su función con oficio y carisma. Fue parte del ecosistema televisivo que hizo de los 90s una época tan rica en comedias, y merece ser recordada no como “una más”, sino como una buena sitcom familiar que supo hacerlo bien sin pretender hacerlo todo.


Tal vez no fue una serie que me cambiara la vida, pero sí una que me acompañó. Y varias veces, hacerme reír a carcajadas.






jueves, 29 de enero de 2026

Friends /Amigos (serie de TV sitcom de USA. Años 1994 – 2004; 10 temporadas).


Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico): 
☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


Friends /Amigos fue, sin exagerar, la sitcom de prime time por excelencia de los 90s. En mi adolescencia, allá en Panamá, era la serie de moda: la que todos veían, la que se comentaba, la que definía conversaciones y referencias culturales. A diferencia de Dream On o Baby Boom, que descubrí casi como joyas nocturnas, Friends era un evento televisivo a plena luz, con promoción, horarios estelares y una popularidad arrolladora. Y sí, la vi completa en televisión local, capítulo tras capítulo, en el momento justo en que el mundo parecía girar alrededor de seis amigos en Nueva York.


Creada por Marta Kauffman y David Crane, Friends se emitió en Estados Unidos por NBC entre 1994 y 2004, con 10 temporadas y 236 episodios, convirtiéndose en una de las sitcoms más exitosas de la historia de la televisión. Antes de Friends, este dúo creativo ya había dejado huella con una de mis súper favoritas: Dream On (HBO, 1990–1996), una comedia, de la cual ya comenté aca hace unos dias, mucho más adulta, arriesgada y experimental, lo que resulta curioso si se piensa en lo convencional que Friends / Amigos puede parecer en comparación. Ambas series comparten una mirada sobre la vida emocional adulta, pero desde registros completamente distintos, como si fueran dos caras del mismo universo creativo.


Y hablando de universos compartidos, Friends pertenece a ese pequeño pero delicioso cruce televisivo noventero que algunas series hacian entre sí, en este caso fue con Mad About You (1992–1999). El vínculo más recordado es Ursula Buffay, la hermana gemela de Phoebe, interpretada también por Lisa Kudrow, quien apareció primero en Mad About You como una camarera excéntrica antes de ser incorporada al mundo de Friends, creando una conexión directa entre ambas series. Ese detalle, tan propio de los 90s, reforzaba la sensación de que estas sitcoms coexistían en una misma Nueva York televisiva.


El elenco principal —Jennifer Aniston, Courteney Cox, Lisa Kudrow, Matt LeBlanc, Matthew Perry y David Schwimmer— se convirtió rápidamente en un fenómeno cultural y en uno de los repartos más reconocibles del planeta. La química entre ellos fue clave para el éxito, así como una escritura ágil, chistes efectivos y una producción pulida, pensada para agradar a públicos amplios sin perder del todo la personalidad.


Años después, ya entrados los 2000s, poco tiempo después de que la serie terminara, la volví a ver en repeticiones en El Salvador, esta vez como adulto hecho y derecho. Y la experiencia fue distinta, pero igual de disfrutable. Nunca me pareció una serie excelente ni profundamente innovadora, pero sí muy graciosa, altamente entretenida y tremendamente eficiente en lo que se proponía hacer.


Mi personaje favorito siempre fue Phoebe, sin discusión: ese toque excéntrico, medio hippie, aparentemente ingenua, a veces casi psicópata aunque de una forma benigna y encantadora, la hacía única. Lisa Kudrow le dio una energía impredecible que rompía constantemente la armonía “bonita” del grupo, y eso la volvía indispensable. En el extremo opuesto estaba Ross, el personaje que menos soportaba: nunca entendí qué le veía Monica, y honestamente hasta Janice, con su risa estridente y exagerada, me resultaba muchísimo más encantadora a su lado. Y eso dice mucho.


Uno de los grandes placeres de Friends eran también sus cameos: actores y actrices famosos de Hollywood apareciendo cuando la serie ya era un éxito masivo tanto en Estados Unidos como en Centroamérica —y, muy probablemente, en buena parte de Latinoamérica—. Cada aparición especial reforzaba la sensación de estar viendo un fenómeno cultural en tiempo real.


Vista hoy, Friends es claramente hija de su época: tiene limitaciones, repite fórmulas y evita profundizar demasiado en conflictos incómodos. Pero también tiene algo innegable: sabe entretener, sabe hacer reír y sabe acompañar. No fue una serie que me definiera ni me transformara, pero sí una que disfruté intensamente en dos momentos muy distintos de mi vida.


Tal vez Friends no fue perfecta, pero logró algo que pocas series consiguen: convertirse en parte del paisaje emocional de toda una generación. Y eso, guste o no, es una forma muy poderosa de trascendencia.





miércoles, 28 de enero de 2026

That Girl / Esa Chica (serie de TV sitcom de USA. Años 1966 – 1971; 5 temporadas).

 Mi puntuación como fan de las series de TV (no experto crítico): 

☆☆☆1/2 — Muy buena — 9/10 — Definitivamente digna de ver.


En mi adolescencia en los 90s, también descubrí That Girl / Esa Chica en televisión abierta allá en Panamá y fue como encontrar un tesoro escondido. No era de mi época, pero la transmitían los sábados por la tarde en un canal local, así que logre verla toda, y desde el primer segundo de la presentación era evidente que pertenecía a los años 60s. La textura granulada de la imagen, los colores saturados y la estética de vestuario y escenarios la hacían sensacionalmente retro ya en los 90s… y aún más ahora, vista desde la distancia.


La serie seguía las aventuras de Ann Marie, interpretada por Marlo Thomas, una joven aspirante a actriz que se muda a Nueva York para perseguir sus sueños. Su vida se entrelazaba con la de su novio Donald Hollinger (Ted Bessell), su padre Lew Marie (Lew Parker) y otros personajes recurrentes. Lo innovador era que Ann Marie representaba a una mujer independiente en una época donde la televisión aún mostraba roles femeninos muy tradicionales. En ese sentido, That Girl fue pionera en retratar a una protagonista que buscaba su propio camino profesional y personal.


That Girl (1966–1971), protagonizada por Marlo Thomas, fue una sitcom emitida por ABC durante cinco temporadas y 136 episodios. Creada por Bill Persky y Sam Denoff y producida por Daisy Productions, la dirección estuvo a cargo de Hal Cooper, John Rich y Richard Kinon, mientras que la música del tema principal fue compuesta por Earle Hagen. Con su formato de cámara única y episodios de poco más de 20 minutos, la serie se distinguía por colores vivos, decorados teatrales y un ritmo narrativo ligero, muy característico de la televisión estadounidense de los 60s.


Verla en reposiciones en los 90s, como me sucedió a mí, era como encontrarse con una cápsula del tiempo: la textura granulada de la imagen y la estética retro la hacían aún más encantadora. Y es que That Girl es un ejemplo claro de cómo las sitcoms desde los 50s y 60s lograron gran audiencia y desplegaron creatividad en Estados Unidos, convirtiéndose en parte del imaginario cultural de generaciones enteras. Aunque no alcanzó la fama de por ejemplo I Love Lucy, su propuesta fue pionera y dejó huella, tanto por la interpretación carismática de Marlo Thomas como por el retrato de una mujer que buscaba su propio camino en la gran ciudad.


En su momento, That Girl fue un éxito moderado, con buena acogida crítica por su frescura y por la interpretación de Marlo Thomas, quien se convirtió en ícono televisivo. La serie fue nominada a varios premios Emmy y Globos de Oro, y consolidó la imagen de Thomas como referente de la comedia romántica televisiva.


Con el tiempo, su mayor valor ha sido cultural: se la reconoce como una de las primeras sitcoms en mostrar a una mujer soltera e independiente en la gran ciudad, anticipando el camino para personajes posteriores como Mary Richards en The Mary Tyler Moore Show.


That Girl es una joya escondida que no trascendió en fama decadas posteriores pero que, ya vista en repeticiones en los 90s, se sentía como un viaje al pasado. Para mí, fue sensacionalmente vintage, un contraste delicioso frente a otras comedias más famosas como I Love Lucy (que pronto reseñare). Asi que la estética lógicamente vintage o retro de That Girl / Esa Chica, su protagonista carismática y su aire pionero la convierten en un clásico que merece ser recordado. Para mí es definitivamente una sitcom pionera, entrañable y vintage/retro, que aún inspira con su encanto sesentero.